Este sábado tiene algo distinto. Se ha vestido como todos los sábados, la blusa deportiva escotada sin ser sugerente, ligera sudadera deportiva también, jeans azules un poco ajustados. Este atuendo veraniego de cuarentona aburrida que sirve para disimular su presencia, hoy no lo siente habitual, es apenas como un roce de texturas indeterminadas, tan ligero, como no traer nada encima, no puede evitar la sensación de estar caminando desnuda a lo largo de una pasarela invisible; le agrada. No se le ocurre por qué está así, y a la vez, no siente necesario buscar ese por qué.
Tuvo un raro sueño la noche previa. Un hombre de cabello oscuro entraba hasta su baño mientras ella se duchaba. Con los ojos cerrados removía de su rostro, cuello y hombros la espuma del jabón neutro, uno de los más baratos, y en eso el hombre la tomó por sorpresa de los hombros, la hizo girar ciento ochenta grados hasta quedar cara a cara. El sujeto no decía nada, pero tenía una sonrisa hermosa, infantil y seductora a la vez. Sus brazos la rodearon y sobre la piel mojada de Elvira, bajo los chorros de agua caliente, aquellas manos dibujaron diez trayectos paralelos hacia el sur de un territorio salvaje que ella casi había olvidado que existía, pues nadie en mucho tiempo lo había explorado como el moreno ahora, con vigor pero sin virulencia, con la cadencia de otro mundo, delicado, exótico, amargo y dulzón. El cuarto de baño se desvanecía entre vapores y dos tipos de humedades, ella ya no podía ver más nada que los ojos del hombre, la sonrisa que la embriagaba, todo lo demás era ser recorrida, redescubierta, degustada. Y sólo eran las manos. Se esfumó el temor a ser vista con estrías en la cintura, con venas varicosas detrás de las rodillas. Se la estaban comiendo despacio, con gusto, sin peros ni prisas, uniéndole cada uno de los lunares, hasta los más diminutos y escondidos. El hombre al fin abrió la boca para decir “Estuve soñando que te conocía de toda la vida, que venía hasta aquí para llevarte conmigo, y aquí estoy”.
Despertó con el cuerpo ensanchado. Olvidó algunos detalles del sueño al refregarse los ojos, pero se le había engarzado un cosquilleo justo debajo del ombligo, otro le enumeraba cada una de las vertebras en la espina antes de revolotear por sus caderas. Fue a lavarse el cabello. El contacto con el agua aceleró sus pulsaciones, provocando haces de luz con figura masculina. Confusión riquísima.
Así llegó a la estación. Iluminada, confiada, sensual. Nadie sabe nada, y para todo aquel que la mira es sólo una mujer como cualquiera, una húngara vieja y tristona de cabello castaño lacio, con mechones aclarados por uno de esos químicos para la belleza, de ojos azules brillantes como podrían ser verdes intensos.
Gábor platica minutos extra con alguien antes de hacer sus compras; hace una seña como pidiendo paciencia, cosa innecesaria. Elvira ya espera junto la puerta de acceso a los andenes; muy cerca se escucha el relato del excepcional control de balón que terminó en golazo del chico malo Rooney. Un joven de aspecto distraído y cabello oscuro, sombrío a la distancia, toma fotos de todo; despierta la curiosidad de Elvira por unos segundos, sin embargo no le presta mucha atención y vuelve la mirada hacia el calladito quien se coloca en esos instantes la banda en el brazo izquierdo que lo acredita como controlador, orgulloso empleado de la estación. Pero hoy la paciencia de Elvira no pasa de los quince minutos. Responde a Gábor con otra seña, indicando que subirá al tren. Él no lo cree, piensa que ella juega, y sigue platicando. Al fin se despide pues escucha al voceador de Nyugati pedir a los pasajeros con destino a Esztergom que aborden el tren por el andén número dos. Ella camina hacia el tren y el piensa que se ha vuelto loca. Se apresura a comprar sus bebidas y cigarrillos, esta vez sin cruzar hasta el supermercado, sino en el pequeño ABC de la estación. Todo le estorba, gente, frigoríficos, el dinero se le esconde al fondo de los bolsillos del pantalón y al obligarlo a salir las monedas saltan sin control hacia el piso, un par se ocultan bajo pequeñas cestas de jitomates, zanahorias y papas.
Elvira está de pie en la puerta del vagón. La gente entra y ocupa los asientos. Gábor y Elvira tendrán suerte si encuentran alguno desocupado. Gábor al fin viene, no está contento, tampoco muy enojado pues los malestares le impiden reunir las fuerzas para estarlo, además debe apurar el paso cargando sus compras. Ella decide ir a buscar un par de lugares, avanza por el estrecho corredor entre niños traviesos y padres acomodando equipajes, y nota dos o tres disponibles en la primera clase. Sube los tres escalones y empuja la puerta de cristal, cosas que se supone diferencian las secciones en cada vagón. Encuentra mucho más que dos asientos.