Observaciones y advertencia
El siguiente escrito parece un tanto fuera de contexto en este blog; pertenece a un proyecto más ambicioso en el que sí encaja; podría incluso considerarse como un borrador. Contiene lenguaje sexual explícito. Sin embargo no intenté crear un relato erótico, mucho menos pornográfico, sino, por así decirlo, limpiar uno de tantos recuadros de la ventana tras la que miro hacia el exterior. Debo desempañar bien la ventana, para luego abrirla… A mí me agradó el resultado, aunque el título no me ha convencido tanto. Lo dejo todo a su consideración.
Cruel venganza dulce de resabio amargo
Waldo
Tu estúpida necedad no me permite explayarme a plenitud en lo que hago, por ti, por mí, por la relación, por nuestros planes. Claro, nuestros planes, como si fueran nuestros planes. Todo el tiempo llegando a casa con desgano, ves la televisión, murmuras algo, bebes dos vasos de vodka, y en la cama duermes al otro lado de un muro invisible que no sé cuándo levantaste. O si lo sabía, no había querido hacer caso de él. Porque todas las noches remuevo ya por mala costumbre algunos ladrillos para deslizar mi brazo derecho hasta tu territorio, para intentar colocarlo sobre tu cintura, sobre tu cadera o sobre tus hombros, afanado en demostrarte que puedo ser tu verdadero refugio y protección. He sido estúpido y tenaz en esto. Sin embargo apenas me permites un par de minutos; aún dormida tomas esa actitud insoportable, indiferente; aún dormida usas el pretexto de la incomodidad, del calor inusual emitido por mi cuerpo, sofocante, sumado a las cobijas y al peso de mis extremidades. ¿Qué es el peso de mis extremidades comparado con tu explicable insatisfacción? Si no quieres resolverla es tu problema. Mi peso no es nada, ¡nada! Estás soñando algo espantoso, lo acusan tus movimientos constantes, algo de tu propia oscuridad. Y mañana tu cabeza loca encontrará la causa en nuestra relación decadente. Pero es tu oscuridad, sólo tu oscuridad, la que nunca revelas, como tampoco revelas lo que te devuelve a la calma.
Estoy cansado de ser condescendiente con tus arranques. Mira que arrojarme al pecho tu bolsa de cosméticos sólo porque no te gustó el juego de las cosquillas. Incapaz de pedir nada, orgullosa. Estoy hasta la madre de tus quejas por todo lo que consideras que otros hacemos mal, como si en verdad tú fueras la única persona capaz de opinar bien, de hacer bien. Estoy hasta la puta madre de verte atravesar la puerta principal de la casa descargando tus frustraciones sobre mí, porque no soy ningún blanco alternativo, sino tu pareja. Te he preguntado no sé cuántas veces, te he sugerido no sé cuántas veces, yo mismo –no me lo creo–, que mi presencia es la causa de todas tus pinches malas ideas, de tus infecciones en la piel, me he ofrecido a apartarme aceptando culpas. Pero no, en realidad la relación es nada más un síntoma de la bárbara oscuridad que te aqueja, y la causa de ella debe estar en otro lado. Comienza a carecer de importancia para mí.
Te levantas por la mañana sin ilusión, y en ese estado, si por casualidad estoy despierto y te dirijo alguna palabra, no la entiendes, o no quieres escucharla, tú sabrás. Te pones de pie, dejas la recámara, preparas café. Cuando soy yo quien despierta primero, tu reacción es de enfado por el escándalo que hago; bien sabes que me esfuerzo para evitar cualquier sonido, y lo logro, pero tú igual me das la espalda y te cubres hasta las orejas, no soportas mi proximidad. No más dulce despedida matutina dejándote un beso en la frente. He tomado una decisión.
Todo el tiempo sin luz en la casa, ni por la mañana ni por la tarde; por la noche es obligado. Jamás abrimos por completo persianas o cortinas durante el día, como si odiaras la luz. Ese aire de misterio fulgurante que me encadenó cuando nos conocimos, ya no es intenso. En ti no hay seña alguna de creatividad independiente de prejuicios, basas tus comentarios sobre decoración en revistas y emisiones televisivas de jodida calidad, crees interpretar a la perfección el dichoso feng-shui. Tu absoluta organización sería envidiable para cualquier mujer, incluso para cualquier administrador, pero yo sé que es otro de tus intentos por darle sentido a tu existencia acartonada, por justificar esa inteligencia superior que dices aprovechar mucho mejor que el resto de nosotros, simples idiotas incapaces de pensar con lógica. Tus concepciones son válidas, lo demás es basura. Mi decisión se pondrá en marcha la próxima vez que atravieses esa puerta.
Así será. Llego antes que tú a casa, abro las ventanas, cortinas y persianas, limpio todo, pongo orden. Deseo que al entrar te sorprendas. Tu casa estará reluciente, iluminada en su totalidad. La comida estará sobre la mesa, algo sencillo pero servido de corazón, los cubiertos sobre servilletas lilas dobladas en triángulo, plato largo, plato sopero. El sofá cama de la sala tendrá todos los cojines en la secuencia de colores preferida por ti para el verano. Ni en la recámara, ni en el baño habrá uno solo de mis cabellos, sé cuanto detestas estas cosas. La cama estará hecha, y también estarán tus sandalias listas.
Al fin llegas, te veo sonreír por la grata sorpresa, me abrazas y me besas con cierta efusión. Notas las flores en la cocina, en la mesita de centro que semanas atrás decidiste colocar junto al juego de libreros de la sala, a un lado de la puerta de la recámara. Y allá un poco más lejos ves también las flores sobre la mesa del balcón. Parece todo tan hermoso. Te veo sonreír, ya asoma ese comentario tuyo que desencadenará el resto de mis acciones.
Por supuesto, desde tu entrada te trato con cortesía como acostumbro, lo mereces por ser mujer, por ser mi pareja, porque sí. Tomo tu bolso y lo arrojo sobre la cama, con lo cual de forma indirecta te obligo a apreciar por completo tanto orden para garantizar un día maravilloso. No te muestro el baño puesto que tu segundo movimiento automático después de llegar es ir a él para lavar tus manos con agua caliente y eliminar así las asquerosas bacterias del mundo exterior. Sales con la cara aún más radiante, recibo más abrazos y besos. Y lo que sigue por lo regular me echa a perder el día, sin embargo esta ocasión es la clave que espero, comentario absurdo que nunca falta: Bajamos un poco las persianas, no quiero que los vecinos tarados estén espiando.
A ti te encanta tener el control de la situación cuando nos sentamos en ese sofá y comenzamos a tocarnos los muslos, un poco más, tu senos pequeños y firmes, besarte la boca y sentir que no te gustan mis besos, examinar tus pantorrillas. En una tarde normal tú misma cerrarías las persianas para no sentirte observada y pedirme sin tapujos que me desnude, que traiga pero ya los condones, que me siente en el sofá, mientras tú tocas al que llamas amigo, lo presionas, lo acaricias por encima de mi pantalón, me preguntas que por qué no me muevo. Ya sin ropa, tu amigo erguido, veo como deslizas por debajo de la falda tus menudos calzoncillos, hasta el suelo, notas cada vez más ansioso a tu amigo por compartirte sus primeras lágrimas de emoción y empapar las finas fibras rubias que recubren los velos carmesí de tu hambre voluptuosa. En una tarde normal como esta que describo, intentaría quitarte el resto de la ropa pues me gusta admirar tu terso y blanco cuerpo desde todos sus primorosos ángulos, y en esa misma tarde normal me impedirías hacerlo pues tu idea de hacer el amor es terminar en pocos minutos, antes que comience tu telenovela favorita, alcanzar el éxtasis o su parecido, o fingirlo, tú siempre encima de mí con tus rodillas a cada lado de mis caderas, descargando todo el peso de las tuyas sobre mi vientre, una y otra vez, iniciando lenta, aumentando gradualmente la cadencia pero sin generar tanta fuerza que pudiera romper tu sofá nuevo. Tus codos clavados en mis hombros, tu pelvis moviéndose hacia delante, hacia atrás, y ese jugo espeso de aroma enloquecedor escurriendo hasta mis testículos. Tratas de perder mi razón en el menor tiempo posible. “Ven, ven ahora” me dices, y todo queda ahí.
Una vez hecho el comentario, ya no será así. No más. No moveré un centímetro cortinas o persianas. Esta vez te pones de pie dirigiéndote a las ventanas; al instante hago lo mismo y te tomo por detrás las muñecas sin exagerar la energía pues conozco tus reacciones; odias sentirte obligada por alguien, sea quien sea. Te empujo hasta salir juntos al balcón, casi forzándote a apoyar los antebrazos sobre la baranda, ofrezco mis disculpas y traer un poco de vodka con naranja; aceptas. Unos brevísimos instantes me separo de ti para dejar mis pantalones y calzones sobre el respaldo de una silla, conservando nada más la camisa. Tú no lo notas, estás contemplando el jardín y pensando que ahora sí mi locura ha empeorado en serio. Mientras tanto me aproximo sigiloso, recargo mi pesado cuerpo sobre tu espalda, refregando mi cadera contra tu trasero cubierto por ese pantalón viejo color rosa que siempre se ve mugroso a pesar de las lavadas. La dureza del amigo despierta tu interés, él se esfuerza por romper la tela, le sientes acomodarse sobre ella sin progreso en su propósito, pero sí encontrando los pronunciados contornos de cada apetitosa y suave masa de carne, donde comienza la sombra de tu ardor.
Otra sonrisa, traviesa. Llevas tu mano derecha hacia mi abdomen suponiendo que estoy vestido. Adviertes entre tus dedos esos largos filamentos negros, humedecidos. Te enojas mucho, me preguntas si estoy loco mientras te rodeo con mis brazos oprimiéndote con vigor, limitando tus movimientos. Desde luego eres muy fuerte; de antemano sé que intentarás librarte, y mientras defines cómo lograrlo, rasgo tu pantalón rosa metiendo la mano derecha, anticipado a todas tus reacciones, sintiendo con mi dedo medio ese punto donde comienza la zanja de mis delirios, internándome más y más, provocando la tensión de esos músculos que rabiosos se resisten al inusual ataque. Nuestros impulsos combinados no hacen sino acelerar el desgarro de las costuras, me facilitan el tirar de la pieza sin perder en bríos. Dejo descubierta esa suculenta parte posterior tuya, rojiza por el empeño e ira en la defensa, apenas cubierta por un diminuto calzoncillo blanco, fácil de retirar. Y justo cuando intentas llena de coraje empujarme, sientes la misma mano descarada abriendo trecho hasta ese primer pliegue íntimo, suave y flexible, donde ya mis yemas juegan cosas de adultos libertinos. Estás perdiendo el control de la situación. Querrás ponerte más agresiva, darme una lección, tratarás de pellizcarme la mano izquierda de tal forma que dos gotas de mi sangre manchen el piso. Lo consigues, pero no cedo. Ya estás transpirando ese aroma del celo animal que potencia la imaginación. Persistes en tu lucha, tu rencor no termina aún; yo habré removido un segundo, un tercer velo, mi muñeca bien acomodada sobre ese vecino más tímido, frotándose sobre él al ritmo que marca la danza de la embestida contra tu pudor fútil.
Vendrá un segundo esfuerzo tuyo, con sacudidas encolerizadas, llamándome idiota. Cualquier reacción tuya es para mi lujuria simple invitación a fortalecer la arremetida. Antes que aparezca un tercer esfuerzo, mi mano derecha ya en total arrobamiento lleva sin pensarlo dos veces mi fuste, que certero al primer ensayo quiebra la última resistencia con apenas un vistazo al interior de la fuente de tu universo libido. Por última vez pronunciarás alguna frase de rechazo; yo sin vacilar te tomo por el ombligo con el brazo izquierdo, trayéndote mucho más hacia mí, las piernas bien plantadas sobre las losetas del piso, mis muslos pegados a los tuyos, mi brazo derecho serpenteando hasta sujetar tu hombro pasando debajo de la axila. Aquí se presenta la primera inserción, no es suave, estoy aburrido de ser suave; aunque tampoco es brutal, sino medida, profunda, para robarte el aliento. Ahora una segunda. Mantengo al amigo hundido tan adentro como se puede, acerco mi boca a uno de tus oídos para susurrarte mientras gimes revuelta entre odio y deseo: ¿Quieres comer ahora, o seguimos platicando en el balcón?
Entiendes al instante la propuesta, piensas que será tu oportunidad para volver al interior de la casa y terminar esta estupidez, tramas algo. Eliges comer desde luego. Doy un par de pasos atrás para que puedas girar y avanzar hacia la sala. No te pierdo de vista, no me alejo, todo está calculado. Tu actitud cambia, tramas algo. Me pides cerrar las cortinas. No te escucho. Parados ya frente al televisor reanudo mis ímpetus, te llevo hasta un extremo del sofá tendiéndote boca abajo con el torso al aire, la panza sobre el brazo del mueble. Tal posición deja descubierta una imagen identificada con mis bajas fantasías, un manantial hirviente coronado por una estrella tan cercana que sus rayos son inteligibles. De nuevo tu movimiento está limitado a mis designios, sólo puedes colocar tus manos en el suelo laminado. Yo me coloco sobre tus piernas y la inmovilidad se vuelve casi total. Comienzo a saborear centímetro a centímetro la escena ante mis ojos, con mi lengua inquieta y curiosa, trazando líneas rectas desde la parte posterior de tus rodillas, siguiendo hacia arriba, después haciendo círculos sobre ambos hemisferios a los lados del manantial. Una vez cansado de esto, lavo mi lengua y rostro, retozo vehemente en tus riachuelos floridos mientras mis manos marcan tu espalda con líneas carmesí bajo la blusa que ha sobrevivido la batalla. Las manos se posan al fin en tus caderas para sugerirte que jamás abandonaré las aguas en que estoy sumergido.
Mi lengua sumergida en el manantial. No olvido la estrella. Está tan al alcance. Con mi pulgar izquierdo sigo cada uno de sus rayos. Mi pulgar presiona, quiere hacerse uno con esa belleza todavía infranqueable. Mi lengua consiente en asistir; sin separarse de tu piel se eleva hasta ella, la mima, le comparte las delicias que ha probado más abajo, hasta que aquella comienza a cambiar de aspecto, parece oscurecer, se ensancha, se transforma en un hoyuelo negro deseoso de tragar cuanto le sea ofrecido. Mi pulgar toma la oportunidad, indaga, toma un respiro, se ensarta, una, dos, tres, no sé cuántas veces.
Hasta este punto no me he percatado si has dicho alguna otra cosa, pero es claro que gozas sin remedio. Dices estar ya cansada de la posición. De tu rostro ha desaparecido la rabia, está ensanchado por los miles de vasos sanguíneos que transportan tu deseo carnal hasta el límite. Pides cambiar de sitio. Te pregunto si deseas pasar ya al plato principal. Supones que se trata de un desorbitado juego sexual, encantador; respondes que sí. No imaginas nada. Te recuestas sobre un cojín y esperas mientras me acomodo sobre tu pecho, mis piernas a tus costados, entre tus brazos. Tienes la oportunidad de juguetear cara a cara con tu amigo, mirarlo, provocarlo, besarlo, darle asilo entre la suavidad de tus labios, dentro de tu boca que no sólo sirve para proferir maldiciones a diestra y siniestra. Sujetas mis posaderas, quieres acelerar mi explosión para luego descansar unos momentos. No imaginas nada.
Termina este acto. Me pongo de pie y me desnudo por completo. Te ordeno hacer lo mismo. No tienes elección, estas excitada como nunca. Ordeno también que te tires boca abajo en el suelo, consientes. Una vez más está visible todo tu sexo, y voy directo a él pero sin prisas. Despacio, a tu manera. Muy adentro y despacio. Se nos escapan suspiros, gemidos, se derrama el sudor. Aumento la velocidad con moderación, me pides venir, me pides más. Te recuerdo aquella fantasía de ambos, penetrándote tan fuerte, arrastrándote por toda la casa, dices “Sí, ahora”. Me agito, incursiones profanadoras. Te cabalgo, llevo las riendas, obedeces sin objetar. No imaginas nada. Tu cabeza está entrando ya a la recámara, mas no sabes dónde estás, estoy logrando perderte. Tus quejidos se escuchan cada vez más agudos. Mi vientre se violenta contra tus nalgas las cuales son a la vez maltratadas por mis manos. Intento derribar el odiado muro invisible.
No hemos terminado. Aun quieres más, y te lo daré. Me desprendo de ti ebrio de deseo, pero sin extraviarme. Permaneces unos segundos en el suelo, tu soberbio cuerpo todo cubierto de motas ardientes. Tomo tu cintura y te ayudo a incorporarte. Quedamos cara a cara. Agarro tus codos, inmovilizándote contra la pared. Me dedico a limpiar algunos segundos tus senos rozándolos con mis mejillas; mi lengua asoma de nuevo, tantea tus pezones que responden lascivos, ligeras mordidas. Me olvido de tus codos para asegurar tus piernas, separándolas, elevándolas hasta mi cadera, aprisionándote entre la pared y mi figura; así tu amigo encuentra de nuevo la entrada al glorioso recinto aún dispuesta a recibirle con todas sus extrañas intenciones. Te ordeno rodear mi cuello con los brazos, te cargo hacia la cama sin salir de ti, me dejo caer y sigo percutiendo, pausado. Sujeto tus tobillos para colocarlos en mis hombros, me abrazo a tus piernas, duplico la rapidez, podría terminar en ese instante. Pero sería como cederte el control; no está en los planes.
Me adelanto a tus pensamientos. Me detengo. Me acuesto y te ordeno subir. Sonríes extasiada, lo esperabas, tu postura favorita, pero estás despojada de toda autoridad, a mi merced. No imaginas nada. Tomas con decisión al amigo, lo fijas, le muestras lo que quiere y al fin lo absorbes completo entre nuevos gemidos. “Muévete” digo entonces, tus ojos están cerrados, meneas la cabeza como mareada, como debilitada, “Puedo seguir por horas”. Estás perdida, no puedes parar, apoyas las manos en el colchón, reclinada hacia atrás, oscilas la cadera, contraes los músculos, te aviva notar que miro atento nuestros genitales complaciéndose, se yerguen a tope tus senos. “Ven aquí”, mi última orden, acaricio tus mejillas, beso tu boca, fingiendo ternura. Reinicio mis movimientos pélvicos, acoplándolos a tus evoluciones. Vamos a terminar juntos, no cabe duda. Te abrazo, yaces sobre mi pecho, estamos frenéticos. Gritas, exiges mi venida, no resistes mucho más, suplicas al dios en que no crees, alcanzamos la cima del placer, te digo que te amo, nuestros cuerpos se convulsionan, repito que te amo, y me respondes con la misma frase como si nada.
Duermes relajada, tu sueño es profundo, sin muestra alguna de nerviosismo. Habrá sido nuestro mejor día. Recojo mi ropa, voy a la tina para darme un rápido baño, sin mojar mi cabello. Termino y me visto. Llevo mis zapatos en las manos pues no quiero que nada perturbe tu tranquilidad. Salgo de la casa. No imaginas nada. Todas mis pertenencias estaban en el garaje. Cierro con mucho cuidado la puerta, la aseguro, e introduzco mi copia de las llaves por la ventana de la cocina. Llamo un taxi, luego también introduzco el teléfono por la ventana, pues no es mío, tú me lo habías proporcionado, pero nunca me gustó. Espero diez minutos, luego me largo para siempre de tu lado.