viernes, 11 de diciembre de 2009

Deseo con rostro de Elvira. Parte IV

Al fin cerrando esta historia...

 


Deseo con rostro de Elvira. Final
Waldo

El tiempo ha desaparecido, quizás como en los mejores momentos de esa lejana primera vez que hiciera el amor con amor, a escondidas. El sueño del baño ha vuelto por chispazos. No recuerda el rostro del hombre, sólo la piel morena y el estruendo en su pecho provocado por el roce de esas manos. Pero tanta coincidencia sería imposible. No obstante, se siente libre de la anquilosada presencia de Gábor. Cada sonrisa devuelta por el extraño representa una culpa menos en la conciencia de Elvira, como si sueño y realidad en encuentro impensado luego de dos décadas de planes frustrados, ahora se conjugasen felices para permitir al menos esos minutos de estremecimiento. No reniega de los años junto a su marido desde luego, así lo había decidido y nunca sospechó cuánto podría cambiar la vida en Hungría después de mil novecientos ochenta y nueve. Aunque sí se sentía hastiada de que sus ratos más emocionantes fueran el burlar los pésimos controles de seguridad de Nyugati, escuchar al gordo parlanchín cada fin de semana y esperar que al fin Gábor le revelara por qué no debían jamás mencionar sus nombres verdaderos.


Para Alejandro no es una cuarentona adúltera. No tiene tal pinta. Es una lástima que la pareja ya se pone de pie alistándose para la próxima parada en uno de tantos Pilis. Debe además continuar su travesía de sanación hasta Esztergom. Y mientras repasa las miradas y los gestos que le erizaron cada centímetro de piel durante casi una hora, concentra el valor en una última mirada, intentando decirle cuánto desearía haberla conocido desde siempre y cuánto desea llevársela consigo en este momento. Lograr con los ojos aquello que con palabras sería improbable conseguir dado su escaso dominio del húngaro. Pero entonces algo cambia.


Y al mirarse uno al otro por última vez, en ambos quedó prendido un estimulante más potente que el amor carnal, algo que ambos no habían experimentado en años, y que tampoco tenía nada que ver con sus sueños incumplidos, ni con el tedio de las horas junto a una pareja tan ciega y egoísta como cada uno ahora comprendía haber sido consigo mismo. Se sonrieron, cada uno llevándose una marca en el rostro, se sabían alimentados por algo nuevo en esos minutos, y a la vez, extrañamente familiar.


Ella llega a la estación Déli el domingo por la mañana. Compra un sólo boleto, quiere comenzar por Viena, viajando en primera clase. Un poco de comodidad no está mal para ella. Ha depositado en un bote de basura ese documento extraño que siempre portaba en un pequeño bolso tejido a mano de color verde, y ha tirado el resto de las mentiras con él. Se ha olvidado de Gábor, al menos lo suficiente para no cargar nunca más culpa alguna por una relación disfuncional desde el primer momento. Le dejó la casa lista y el desayuno en la mesa. Pasó unos minutos a Nyugati para hacer algo que sintió era lo más natural, despedirse del desprevenido gordito de aspecto bonachón. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó en un tono impropio para alguien que por primera vez se presenta, pero él, contento como si se tratase de una vieja amiga volviendo del exilio, respondió “Yo soy Sándor, ¿y tú?”. Elvira recibió en su pecho una nítida descarga de alegría, que unida a todo lo acontecido la semana anterior, le facilitó elaborar palabras amables y pensamientos serenos. “Te debo muchas Sándor. Vigyázz magadra!* Y dile a tu colega el calladito que se vaya a su casa, que hable con su esposa si tiene, y que se busque otro trabajo si este no le gusta”.
          -¿No nos dices cómo te llamas? ¿A dónde te vas?- Sándor aún sonreía, pero sus ojos cargaban cierta confusión. Elvira ya no se detuvo más tiempo, simplemente contestó con voz jubilosa mientras se dirigía a la salida de la estación: “Llámenme como gusten, ya nos encontraremos; los quiero mucho… Voy a cumplir mis sueños”.


Su nombre es un misterio y por ahora no lo revelará. Sus documentos oficiales contienen una de esas verdades que todo incrédulo de la verdadera pasión prefiere que le digan, sin embargo eso no demuestra nada. Su aspecto es tan noble y armonioso que yo sin dudarlo la llamaré Elvira.





*Vigyázz magadra!: Equivalente a "cuídate (mucho)" en español.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Silencio

Silencio Por Elena Flores

Sabía que el día llegaría, no había querido pensar en ello por que aún tenía a esperanza, aún se imaginaba que sería ella la que caminaría a su lado. Pero la vida no es siempre como lo queremos, y aunque sabía que la culpa había sido en parte de ella, no dejaba de doler.


Lo había encontrado una vez mas, y la había tratado como lo habían hecho las ultimas veces que se habían visto, como amigos, aunque sabía que aún había interés en ella, sin embargo las cosas habían sido diferentes, había algo diferente en él que le decía que había algo mas, algo que seguramente no le gustaría.

“Me voy a casar” dijo él sin aviso, sin pensar en nada más, ¿había acaso escuchado correctamente? Por un segundo sentiste que todo había desaparecido y que ya nada tenía sentido, pero sonreíste, la sonrisa más sincera que podías hacer en ese momento, lo felicitaste y le deseaste lo mejor, aún cuando tu mente gritaba que lo abrazaras y le suplicaras que no lo hiciera, que aun lo amabas y que tu felicidad era él, pero no dijiste nada.

Él sonrió agradeciéndote por los buenos deseos y diciendo que en breve la invitación llegaría a tus manos esperando que asistieras al evento, asentiste una vez, aún con la sonrisa en el rostro, ¡Acaso no se daba cuenta! El estruendo de tu corazón haciendo añicos fue tan fuerte que te ensordeció y sin embargo él no lo había escuchado.

Desde que habían terminado, no había dejado de pensar en él, al principio cuando ella le propuso que solo fueran amigos y el se había enojado alegando que eso jamás podría ser, pensaste que un tiempo alejados sería lo mejor para ambos, y al pasar del tiempo cuando volvían a unir caminos y aunque seguían teniendo la misma pelea, quisiste pensar que nada cambiaria, que el seguiría ahí y al final ese sueño que alguna vez habían compartido se podría hacer realidad.

Y ahora ese sueño lo compartiría con alguien más, lo viste a los ojos y viste ese brillo cuando te hablo de su prometida, era el mismo brillo que años atrás te pertenecía y el pecho dolió aún más, pero sonreíste y le deseaste lo mejor y te disculpaste por no poder asistir al gran evento, porque cuando te dijo la fecha, recordaste que tu jefe te iba a mandar de viaje a atender a unos clientes fuera de la ciudad y era imposible cancelar, aún sabiendo que ese día estarías llorando amargamente por lo perdido, por la felicidad que dejaste escapar, por el dolor.

Unas cuantas palabras más y había sido el final de aquella conversación, te abrazo fuertemente y deseaste que no lo hubiera hecho, le deseaste suerte y felicidad, retomaste tu camino, subiste al primer taxi que encontraste y una vez cerrada la puerta y habiendo dado las indicaciones pertinentes al chofer, las lágrimas fueron imposibles de contener, al final te diste cuenta que realmente lo habías perdido y que al final el aplazar las cosas había sido contraproducente.

No le llorarías eternamente, pero por el momento el dolor era tan grande que te permitirías un par de días en aquel horrible estado, después, te levantarías y continuarías con tu vida, teniendo fe y esperanza de que encontrarías la felicidad, alguien a quien a amar y que te ame, que no volverías a cometer aquellos errores, y que al final cuando lo volvieras a ver, sabrías que de aquel amor, solo había quedado el recuerdo.

Pero lo que tu nunca viste es que el brillo de sus ojos no era por su prometida, sino por ti, que en realidad tuvo que contenerse para romper el abrazo, para evitar decirte que aun te amaba, que deseaba que la que caminara por el pasillo de aquella iglesia fueras tu, que la que debería ser feliz con él deberías ser tu y que podría dar cualquier cosa por que volvieras a él, sin embargo hace lo mismo que tu, calla todo aquello que le grita su mente y sigue el juego, te invita con la esperanza de que eso te haga reaccionar, pero no funciona, así que al final te deja ir sin más, con el corazón igual de roto que el tuyo, en silencio.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Sueñoraciononada pasa aquí no

Espero que no sea muy confuso este pequeño ensayo personal. Escribía sobre un tema importante, al menos para mí, todo como venía a la cabeza, luego de varias, muchas noches, de mal sueño...


Sueñoraciononada pasa aquí no
Waldo


Ahora soy egoísta, no quisiera; ya no lo puedo evitar.
No quiero ya soñar nada en este mundo,
ni hacer planes con ilusiones sin fondo.
Recostado, con los ojos cerrados, intentando no dormir porque de cualquier forma lleva mucho tiempo sin conciliar el sueño. Una vez se encontraba comiendo en la casa rojiblanca de Felipe, un Felipe al que no conoce en persona, del que su hermana hablaba mucho pues recibía llamadas de él casi todos los días, y ramos de rosas color sangre turbia el catorce de febrero de aquel año. Comía como le gusta, usando las manos, sin temor a las bacterias microscópicas -ni siquiera a esas medio amarillas de aspecto asqueroso con cuerpo de cacahuate y largos pelos creciendo en todas direcciones- mientras Felipe servía la mesa con tanta amabilidad y en total silencio, con la sonrisa tonta del enamorado irremediable que intenta ganarse a la familia. Él en la misma penosa situación fuera de esta piñata que a palos se abre dejando caer tejocotes moteados, mal escogidos, duros y sin sabor; lo que importa es el detalle. Y de pronto llega Julián gritando “¡No jodas compa! ¿Qué haces? Ella es una
maravillosa a pesar de todo,
pero en definitiva no soñaré a nadie en este mundo;
las ilusiones como motivación y punto,
los pies en la tierra.
Y oraré todas las noches, pensaré
cabrona, eso es, una pinche cabrona”. Pensarlo no ofende. Sí, sí ofende por todo lo que alguna vez sintió por ella. Pero ella no sabe que él lo ha pensado. Entonces no ofende. En otra posición debajo de la pesada colcha, encogido sobre su costado derecho, vigilando el soporte de la lámpara colgante, porque ahí se esconde un raro insecto que nunca había visto, de varios tonos de ocre y negro abdomen, capaz de mantenerse suspendido en el aire como un colibrí; le provoca miedo, aunque podría tratarse de un hada como las compañeritas del fauno en aquélla película, y en ese caso su miedo sería infundado. Pero pensarlo provoca esa quemazón insoportable en el pecho. Entonces sí ofende. No puede desearle nada como ser engañada por un hombre casado, o ser abandonada al poco tiempo de haber contraído matrimonio, o que se quede sola el resto de su vida por ser una desgraciada mentirosa y sin corazón. No puede. Orar
todas las noches…
Quisiera ofrecer el fruto de mis éxitos,
mas no puedo, no los tengo,
antes debo acallar los malos sentimientos,
luego pedir el bien para otros,
aprender a controlar mis emociones porque
cierto día se le apareció un ángel. Era la única carita bella con su propio halo dorado y no falseado por mechones de colorante o brillosos cosméticos colores, precioso resplandor entre humo de cigarrillos, varias cuasi pirujas mecánicas dispuestas a menear el culo para cualquier gandul en chaqueta de piel o aspecto forastero, y decenas de chiquillas pálidas de piel, pálidas de ideas, pálidas de sentimientos. No todas, no todas desde luego, no las conoce a todas. La única carita bella, soñando como siempre cuando soñar de verdad no cuesta nada y es mejor, no endurecida por el abandono, los desengaños, los pequeñitos que por desgracia se van sin haber venido y llevándose hasta las lágrimas de uno. Desorientado, busca el teléfono celular, son las. Sí, sí son. ¿Qué estará pensando ella en este momento? ¿Con quién duerme? Golpes de viento en las ventanas de mil novecientos cincuenta y tantos, cruje la casa, los vecinos parecen matarse allá, tres pisos abajo sobre la acera, gritos, el bote de basura quebrándose. Puede casi ver lo que sucede sin moverse de la cama. Se escucha una sirena, alguien ha llamado a la policía. Pero la patrulla nunca llega a la escena. Costumbre que arrulla, gusto por las casonas viejas, se está bien en una habitación enorme, agua caliente, cocina, calefacción renovada, renta adecuada. Deliciosos postres, un poco gordo otra vez. Felipe se ha ido con su tonta sonrisa y
también quiero recobrar la paciencia,
usar la inteligencia, esa que se supone tengo,
eliminar los malos sentimientos, los malos pensamientos,
de aquí, y de aquí,
para poder transmitir esta luz
que entra por la ventana confirmando que aún es de madrugada y sin embargo todo es tan claro ya. La desmemoriada. Una noche le sonreía, toda coqueta ella con minifalda a cuadros en tonos oscuros, medias ribeteadas con flores negras, justo allí en el lado opuesto de la parada del tranvía,  y a la mañana siguiente no le reconoció, y mira que casi ha chocado con él mientras se ejercitaba trotando por la acera sobre el lado correcto de la parada del tranvía. No la verá de nuevo, ergo, no importa. Todas son iguales. Bueno no, no todas, no las conoce a todas. Pero no es cosa de ver al médico, precioso, tu corazón te duele porque está roto, corazón, te lo rompieron mi vida, por eso te sientes así,
tú todo lo conoces, aún lo que no quiero decir,
todo eso de lo que desearía quejarme ahora,
pero eso no es sino prolongar esta sensación de agonía.
Yo que por años me atreví a dar consejos,
cuántos meses y no puedo tomar una decisión clara,
se presenta en el momento más inadecuado, revolotea sobre todas las cosas, analiza con sus ojos profundos. ¿No es linda? Tal vez, pero ahora lo importante es sacarle de aquí, y ha trazado el plan menos original: hacerle salir encendiendo la luz, luego apagarla y encender la de la sala. Con lo poco que le gusta planear. Lo dejará para mañana, como todo, como todo, como todo. Y Julián no termina el comentario; en esas sus palabras amuralladas por sonrisas maliciosas están los sellos para el plan perfecto. Pero Julián, el bruto de Julián, o el buen amigo y compadre Julián, ninguno de los dos. Aún no son las. Esas noches tanto la deseaba, le recuerda desnudándose, le recuerda en la bañera, le recuerda vistiéndose, siente su aroma incomparable cuando se pasea de la habitación a la cocina, luego al baño, luego a la cocina, enciende la radio, luego a la sala, el radio aburre y enciende la televisión, y ocurre una erección. Se sonroja. En realidad no se sonroja, la conoce bien, le encanta, pero se odia a sí mismo en cuestión de. ¿Qué hora es? Ojos bien abiertos. La izquierda sobre el pecho en inútil gesto pretende arrancar algo y por supuesto no arranca nada. Se odia. No quiere excitarse por esa mujer. Extraviarse; piensa en el posible coleóptero. Y ella quizá apenas está regresando a casa, despidiéndose de ese alguien
que le de la tranquilidad que tanto necesita,
o al menos creo yo que la necesita,
tanto como el cariño de su familia muy a pesar de las circunstancias,
pues todos merecen esa, llamémosle,
segunda oportunidad.
De seguir así, del tingo al tango, sin cumplir una sola meta y, por si fuera poco, quedando todo el tiempo como el tapete en que todos se limpian las culpas, los rencores, los anhelos, las dudas y hasta la mierda que se cargan en el alma. Pobre de Felipe. Todo el corazón, el tiempo y el dinero invertidos para conseguir nada, nada, nada. Problema identificado: ha intentado conseguir algo, cuando un buen cristiano debería siempre pensar nada más en dar sin recibir nada a cambio. Porque nada, nada, nada debe nadie esperar de nadie. No de una hermana cabrona. Pero su hermana no es cabrona porque sí lo habló todo claro, no intentó nada. No intentó, ¡no intentó! Simplemente dijo no. Mucho menos de una mujer sabelotodo y ¿cómo se dice? Como los menos dieciocho grados del congelador –o más– y llámale nevera como en España si quieres. Prefiere y no, estar con el angelito aquel. No es posible, los demonios, los insectos, las hadas. Ahora él también se enfría. ¿Soy un demonio? No, sólo egoísta. No debería importarle nada. Trabajo y dinero, trabajo y dinero. Llegar temprano al trabajo, ahorrar la mayor cantidad posible de dinero. Experiencia para presumir en el currículo, dinero para volverse a su país, y del país al carajo. Si alguien toma el riesgo y se aventura con él, bienvenida. El angelito va a sufrir mientras tanto. El angelito habría dicho “Espera, piénsalo mejor, y si aún me amas vienes por mí”. No fue justo, ni era necesario.
Ya no dejar todo a medias, como siempre,
retomar el camino,
aunque suene trillado decirlo así,
y poco a poco afianzarme,
ser un mejor hombre, tener algo sólido para ofrecer,
pues esas noches en compañía de tal ángel bien vale la pena multiplicarlas por miles, por millones, encontrar un puntito, unirlo a otro puntito, cada puntito un detalle, de té de limón con limón para remojar las pastitas de chocolate, untado todo el espíritu con lustrosa miel artesanal, ella sentada arribita arribita, uno y dos, sonidos estrafalarios, cada detalle un puntito, alejándonos como en las diapositivas de la inmensidad del universo expandiéndose mientras nosotros, remedos malogrados de sanas hormigas laboriosas, nos preocupamos por el estado del tiempo, por los dineros extraviados o mal habidos, por esas bacterias amarillas de fiesta en fiesta codeándose con los recién llegados virus malignos saltarines de mano en mano, de boca en boca una mentira sobre otra. Millones de años y no entendemos nada. Él allí recostado, disfrutando, sufriendo, embelesado por ese cabello largo oscuro y facciones de tremenda belleza nocturna, como la luna velada por nubecillas preconizando un invierno atribulado de tanto qué sé yo lo que nos depara. Ahora sí es muy de madrugada y no ha dormido lo suficiente. Felipe no ha vuelto, ni ha llamado; tú no has hecho nada malo. A Julián lo verá mañana; no culpes a nadie y cambia esa cara. El extraño insecto ya no revolotea, quizá encontró la salida; acepta los hechos, perdónate y sonríe siempre.
Por eso a tu manera, como tú decidas, cuida a su familia,
así como has cuidado la mía, y dales paz a todos,
es todo lo que pido, sólo pido para ellos.
De mi vida me encargo yo.


Amén.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Deseo con rostro de Elvira. Parte III

Deseo con rostro de Elvira. Parte III

Alejandro ha bajado de peso unos diez kilos en tan sólo cinco semanas. Eso hace un ritmo de dos kilos por semana. No es algo preciso; ni siquiera está seguro de haber bajado tantos kilos. Aún se siente panzón, con la diferencia de que aquel largo cinturón que se comprara en Madrid para una cintura talla treinta y seis que le iba a la perfección, ahora le sujeta los pantalones si tira mas fuerte del cuero a través de la hebilla hasta insertar la aguja en el último agujerito. Alejandro no puede definir si esto es bueno o malo para su salud, está aturdido y no recuerda ninguna recomendación materna, como tampoco puede sentir si disfruta este corto viaje a Esztergom, primera cosa que planea con seriedad en su vida; aunque en el fondo sabe que es un recurso casi desesperado por quebrar de golpe una losa de amargura que se hace más pesada cada día transcurrido sin tomar una decisión definitiva sobre sus planes personales y su situación un tanto incómoda en Budapest.

          La expresión de su rostro es la de quién ha perdido algo valioso dentro de un sitio poco concurrido, donde aún existe la posibilidad de encontrarlo, pero sin saber con exactitud qué es ese algo aún teniendo motivos, fechas, detalles, nombres. Dice tener claro lo que desea hacer con su vida luego de su reciente fracaso en pareja, y tal vez es cierto, no deja pasar un día sin leer un poco de húngaro, o escribir mensajes en húngaro a sus contados amigos locales, lo cual responde a su intención de aprender lo mejor posible la lengua y establecerse en el país. Pero sólo tal vez. Lo demás permanece en puntos suspensivos. Más pronto de lo que esperaba perderá su actual trabajo debido a ciertos cambios anunciados con anticipación por el departamento de recursos humanos, y no hace mayor esfuerzo por encontrar otro a pesar de tener alguna posibilidad. El hecho de que será liquidado aún siendo uno de los mejores empleados de la empresa, lo ve como un epitafio enorme y cruel grabado sobre la de por si inaguantable losa.

          Hace fotografías de todo, animado por la idea de, al menos, llevarse a su natal Puebla los mejores detalles de un mundo diferente al que no había llegado por una simple aventura amorosa de verano. Padres, hermanos, amigos, trabajo, universidad, y hasta una promesa de matrimonio, todo había dejado atrás para ajustar su respiración y ritmo cardiaco al nuevo clima, a nuevos amigos, a nuevas costumbres y distancias entre paisajes unívocos, a una mujer buena de mal talante. Pero algo no aclarado todavía cortó de tajo los planes.

          En un papel ha escrito una lista enumerando cada pro, cada contra, en principio para martirizarse buscando explicaciones. Al final terminó por doblar el papel y quemarlo, en medio de un ritual íntimo que aprendió de su hermano José dos años atrás, para ser realizado la primera hora del Año Nuevo. La idea es anotar en hojas diferentes lo que uno desea ser, y lo que se desea eliminar. El fuego debe llevarse aquello que no le permite a uno hacer su vida; Alejandro puso todo en la misma hoja, por olvido o frustración, o por ambos, y lo quemó todo durante unos minutos solitarios de septiembre, después de una noche entera de juerga latina recorriendo bares por algunas calles aledañas a la parada del tranvía en Oktogon.

          Cuarenta y cinco minutos para tomar un par de fotos en la estación Nyugati. Nada que valga mucho la pena en el lugar, salvo por ese tren rojo. Dicen que tiene sección de primera clase, lo cual tampoco es muy importante. Alejandro sabe ya por experiencia que es acostumbrado sentarse donde plazca, por ello sube con bastante anticipación a la hora de partida y busca un buen sitio cerca de la cabina del maquinista, en la sección de primera clase desde luego; saca de su bolsa el Arráncame la vida de su querida Ángeles Mastretta, a quien espera saludar y preguntar tantas cosas un día, otro día, cuando vuelva a México con mejor estado de ánimo.

          Una mujer de voz erosionada y pastosa a la vez interrumpe con una pregunta los diálogos que entretienen a Alejandro, esos de Catalina con su marido el General Ascencio, cosas de poblanos que él entiende. Responde a la voz con un sí medio arrastrado, sin amabilidad y demostrando que preferiría viajar sin compañía. La dueña de aquella voz no entiende la indirecta pues, cuando al fin Alejandro levanta la vista ella mira hacia el andén dejando ver una rara mezcla de eternidad y desazón, unido esto a su atuendo deportivo a través del cual se adivina la jugosa madurez de un carnoso cuerpo de mujer ansiosa por el que muchos hombres podrían haber pasado ya.

          La simple idea que acaba de escapársele por los ojos arrastra consigo un  “¿Mándeme?” de lo más profundo de sus recuerdos infantiles, como el que escuchaba de su padre más de veinte años atrás, en reprimenda por cualquier mala palabra que los niños no tenían permitido usar por ser niños; pero esta vez la amonestación llega tarde y sin castigo. La mujer, contra todo pronóstico, contesta la mirada de Alejandro con otra de calibre similar. La situación entonces está pareja. No desvían las miradas. Alejandro controla su respiración para nivelar el rojo que se le ha subido al rostro. Ella entonces sonríe, entonces él sonríe, y por unos segundos un  calorcillo de púberos les azuza los miembros.


 

Gábor se aproxima por el pasillo como uno de esos fantasmas de cuentos infantiles de oscuras ojeras y gruesas cadenas, caminando con pesadez haciendo sonar sus botellas de vino y latas de cerveza. Elvira agradece algo a un hombre de cabello oscuro, identifica a Gábor y le pide apresurar el paso con un arqueo de la ceja derecha a lo que él responde frunciendo los labios resecos, sin andar más rápido. Al fin llega y mientras Elvira pregunta si prefiere sentarse junto a la ventanilla él se deja caer sobre el asiento junto al del cabello oscuro, un joven que no parece mayor de veintisiete, no es húngaro, tez morena pero no gitano, hispano tal vez. Análisis de cinco segundos durante el recuento del número de bebidas que ha comprado; cambio de tema. O sería mejor decir cambio de estrategia, pues una vez bien acomodado comienza un monólogo ininteligible para todos los presentes, varios de los cuales se sobresaltan ante tanta palabra entrecortada por espasmos de tos alargados, sin percibir que son meras exageraciones cuyo objetivo es acaparar la atención de Elvira.

 

Alejandro finge leer, está encandilado por las miradas y sonrisas que recibe de sesgo. Ella responde a cada balbuceo del marido con un diálogo aburrido y teatral plagado de esos vocablos húngaros  -igen, nem, persze, tényleg, holnap, kemény, durva, csodálatos, furcsa*- infaltables en las charlas de briagos que tanto confortan a los trabajadores de overol antes y después de la jornada laboral. Como veterana actriz prosigue en su papel de abnegada esposa mientras, por otro lado, decide iniciar un romancillo aprovechando lo mejor posible el flujo enervante que la recorre y las limitadas posturas que puede adoptar entre el montón de pasajeros, equipajes y un esposo como vuelto de ultratumba. El moreno lo vale.
 


Es como una sensación nueva, un hombre mirándola con malicia y dulzura al mismo tiempo, casi impertinente sentado ahí a la derecha de su marido; un hombre mucho más joven que ella al cual puede mostrar su mano izquierda deslizándose despacio desde la rodilla hacia el vientre, sobre la entrepierna, detenerse en abrupto, fingir ante el consorte que acomoda la blusa cuando en realidad estira el escote para dejar ver al extraño dos centímetros más de su piel dorada de experiencia y recuerdo más un perfecto lunarcito café justo donde comienza la primera línea de su seno izquierdo.







 


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* Traducción aproximada de los vocablos húngaros: sí, no, por supuesto, en verdad, mañana, pesado/firme, crudo/áspero/ofensivo, maravilloso/admirable/prodigioso, raro/bizarro/grotesco.

viernes, 30 de octubre de 2009

Silencio,Por Elena Flores

Silencio

Sabía que el día llegaría, no había querido pensar en ello por que aún tenía a esperanza, aún se imaginaba que sería ella la que caminaría a su lado. Pero la vida no es siempre como lo queremos, y aunque sabía que la culpa había sido en parte de ella, no dejaba de doler.


Lo había encontrado una vez mas, y la había tratado como lo habían hecho las ultimas veces que se habían visto, como amigos, aunque sabía que aún había interés en ella, sin embargo las cosas habían sido diferentes, había algo diferente en él que le decía que había algo mas, algo que seguramente no le gustaría.

“Me voy a casar” dijo él sin aviso, sin pensar en nada más, ¿había acaso escuchado correctamente? Por un segundo sentiste que todo había desaparecido y que ya nada tenía sentido, pero sonreíste, la sonrisa más sincera que podías hacer en ese momento, lo felicitaste y le deseaste lo mejor, aún cuando tu mente gritaba que lo abrazaras y le suplicaras que no lo hiciera, que aun lo amabas y que tu felicidad era él, pero no dijiste nada.

Él sonrió agradeciéndote por los buenos deseos y diciendo que en breve la invitación llegaría a tus manos esperando que asistieras al evento, asentiste una vez, aún con la sonrisa en el rostro, ¡Acaso no se daba cuenta! El estruendo de tu corazón haciendo añicos fue tan fuerte que te ensordeció y sin embargo él no lo había escuchado.

Desde que habían terminado, no había dejado de pensar en él, al principio cuando ella le propuso que solo fueran amigos y el se había enojado alegando que eso jamás podría ser, pensaste que un tiempo alejados sería lo mejor para ambos, y al pasar del tiempo cuando volvían a unir caminos y aunque seguían teniendo la misma pelea, quisiste pensar que nada cambiaria, que el seguiría ahí y al final ese sueño que alguna vez habían compartido se podría hacer realidad.

Y ahora ese sueño lo compartiría con alguien más, lo viste a los ojos y viste ese brillo cuando te hablo de su prometida, era el mismo brillo que años atrás te pertenecía y el pecho dolió aún más, pero sonreíste y le deseaste lo mejor y te disculpaste por no poder asistir al gran evento, porque cuando te dijo la fecha, recordaste que tu jefe te iba a mandar de viaje a atender a unos clientes fuera de la ciudad y era imposible cancelar, aún sabiendo que ese día estarías llorando amargamente por lo perdido, por la felicidad que dejaste escapar, por el dolor.

Unas cuantas palabras más y había sido el final de aquella conversación, te abrazo fuertemente y deseaste que no lo hubiera hecho, le deseaste suerte y felicidad, retomaste tu camino, subiste al primer taxi que encontraste y una vez cerrada la puerta y habiendo dado las indicaciones pertinentes al chofer, las lágrimas fueron imposibles de contener, al final te diste cuenta que realmente lo habías perdido y que al final el aplazar las cosas había sido contraproducente.

No le llorarías eternamente, pero por el momento el dolor era tan grande que te permitirías un par de días en aquel horrible estado, después, te levantarías y continuarías con tu vida, teniendo fe y esperanza de que encontrarías la felicidad, alguien a quien a amar y que te ame, que no volverías a cometer aquellos errores, y que al final cuando lo volvieras a ver, sabrías que de aquel amor, solo había quedado el recuerdo.

Pero lo que tu nunca viste es que el brillo de sus ojos no era por su prometida, sino por ti, que en realidad tuvo que contenerse para romper el abrazo, para evitar decirte que aun te amaba, que deseaba que la que caminara por el pasillo de aquella iglesia fueras tu, que la que debería ser feliz con él deberías ser tu y que podría dar cualquier cosa por que volvieras a él, sin embargo hace lo mismo que tu, calla todo aquello que le grita su mente y sigue el juego, te invita con la esperanza de que eso te haga reaccionar, pero no funciona, así que al final te deja ir sin más, con el corazón igual de roto que el tuyo.

Mediocre, Por Elena Flores

Mediocre

Con los ojos cerrados y las lágrimas cayendo en su rostro, supo que se había dado por vencida, sentada en la sala de su hogar, con la ropa formal que usaba para su trabajo arrugada por las horas que había pasado en aquel sillón. ¿Cómo había llegado a eso? ¿En que momento su vida se había convertido en aquella aburrida y triste rutina?
Cada mañana era igual, el despertador sonaba anunciando la llegada de un nuevo día, al abrir los ojos, lo primero que veía era la espalda de él, que aún dormía, suspirando se levantaba de la cama y se dirigía al baño, tomaba una ducha rápida mientras él se despertaba, una vez fuera cruzaban miradas mientras él se dirigía al baño y ella se dirigía a arreglarse para un día mas de oficina.

Cuando terminaba su arreglo, se dirigía la cocina a preparar el desayuno, no sabía por que seguía tomándose la molestia, pero ahí estaba una vez más en la mesa: Pan tostado, café, jugo y huevo. Y como cada día él solo tomaba un sorbo de café, uno de jugo, una tostada en la mano, un beso sin sentido en la mejilla y la frase “Voy tarde, te veo en la noche”.

Y así viendo por la ventana de la cocina, como sube al carro y se va, fue que tomo el teléfono, se reporto enferma en el trabajo y se sentó en aquel sillón, con las lágrimas cayendo en su rostro. ¿Qué había pasado con aquella pasión que había rodeado su relación? ¿Aquellos momentos cuándo no podían quitarse las manos uno del otro? ¿Había sido culpa suya? ¿De él?

Observo su casa, esa casa que había sido testigo de todos los sueños que habían deseado cumplir, aquella casa que se había escogido de manera cuidadosa, querían que fuera perfecta para formar una familia, que después de todo ese tiempo no había llegado. Una solitaria lágrima rodó por su mejilla, no sería lo mas sano para ambos terminar esa mentira o al menos darse tiempo para replantarse su situación o debía seguir soportando ese amor mediocre que se entregaban por miedo a enfrentar la verdad, al miedo de empezar de nuevo, de conocer gente ¿Por qué hacerlo cuando lo conocido y seguro lo tenían a un lado?

Al fin la monotonía de sus vidas la había alcanzado, al verse reflejada en aquel espejo frente a la sala, con el rostro lleno de lágrimas, sola.

Parte de la decisión estaba en ella, bien podría en ese momento tomar todas sus cosas e irse, dejar solo una nota, explicando como se sentía. ¿Después que haría? No regresaría a casa de sus padres, quienes con su ecuación rígida y cerrada le dirían que volviera a su casa con su marido, como debería de ser, que el matrimonio era así, que no era como aquellas estúpidas novelas románticas que leía. No, definitivamente ellos no eran una opción.

O tal vez lo mejor sería hablar con él, decirle que ya no se sentía feliz a su lado, que tenía mucho tiempo que no la tocaba, que no le hacía el amor, que se sentía frustrada, si había alguien más en su vida, si era así que se fuera antes de que se siguieran hundiendo en su amargura, en su monotonía.

Recostó su cabeza en el sillón ya no quería pensar, quería regresar a aquella época donde todo era mas fácil y ambos se juraban amarse una y otra vez.

En algún lugar de su mente, escucho una voz conocida que le hablaba, después sintió como unas manos la movían ligeramente, alguien trataba de despertarla, al abrir los ojos, aun con la vista nublada supo quien era, se levanto poco a poco aún adormilada y volteo a la ventana, por la luz que entraba parecía cerca de medio día. Volteo a verlo y le sorprendió lo que sus ojos reflejaron, preocupación.

Él comenzó a explicar algo de hablarle para recordarle un pago, entonces le dijeron que no habías asistido al trabajo y que estabas enferma, hablo a la casa pero jamás contestaste y se preocupo, y entonces llego y te vio acostada con el rostro rojo e hinchado y se asusto. Tú no podías contestarle, lo mirabas como si fuera la primera vez y el volvió a preguntar que había pasado.

Y entonces recordaste los últimos meses, la simplicidad, la monotonía, y explotaste, le dijiste que no eras feliz, que estabas harta de la indiferencia y el vació en el que estaba su relación, que si ya no te amaba te dijera, aunque tu corazón se rompiera, lo proferirías a seguir con esta farsa, que te irías lejos, que le darías espacio para pensar…… y él solo te beso, como solía hacerlo, entregando todo y pidiendo a cambio lo mismo, cuando rompió el beso, pidió que no le dejaras, que sabía que las cosas habían llegado a esa rutina, pero que haría un esfuerzo si tu también lo hacías que mejorarían su relación y podrían empezar los planes de agrandar su familia como lo habían querido.

En aquel momento dudaste, y no sabías que hacer, pero al verlo a los ojos, pudiste asegurar que decía la verdad y que de verdad lo quería. Y ahora, al mirar al pequeño ser que esta entre tus brazos, te das cuenta que hiciste lo correcto, ambos se esfuerzan cada día por no caer en el mismo error, su amor tiene buenos y malos días, pero dejo de hacer un amor mediocre.

domingo, 18 de octubre de 2009

Deseo con rostro de Elvira. Parte II

Deseo con rostro de Elvira. Parte II

Este sábado tiene algo distinto. Se ha vestido como todos los sábados, la blusa deportiva escotada sin ser sugerente, ligera sudadera deportiva también, jeans azules un poco ajustados.  Este atuendo veraniego de cuarentona aburrida que sirve para disimular su presencia, hoy no lo siente habitual, es apenas como un roce de texturas indeterminadas, tan ligero, como no traer nada encima, no puede evitar la sensación de estar caminando desnuda a lo largo de una pasarela invisible; le agrada. No se le ocurre por qué está así, y a la vez, no siente necesario buscar ese por qué.

          Tuvo un raro sueño la noche previa. Un hombre de cabello oscuro entraba hasta su baño mientras ella se duchaba. Con los ojos cerrados removía de su rostro, cuello y hombros la espuma del jabón neutro, uno de los más baratos, y en eso el hombre la tomó por sorpresa de los hombros, la hizo girar ciento ochenta grados hasta quedar cara a cara. El sujeto no decía nada, pero tenía una sonrisa hermosa, infantil y seductora a la vez. Sus brazos  la rodearon y sobre la piel mojada de Elvira, bajo los chorros de agua caliente, aquellas manos dibujaron diez trayectos paralelos hacia el sur de un territorio salvaje que ella casi había olvidado que existía, pues nadie en mucho tiempo lo había explorado como el moreno ahora, con vigor pero sin virulencia, con la cadencia de otro mundo, delicado, exótico, amargo y dulzón. El cuarto de baño se desvanecía entre vapores y dos tipos de humedades, ella ya no podía ver más nada que los ojos del hombre, la sonrisa que la embriagaba, todo lo demás era ser recorrida, redescubierta, degustada. Y sólo eran las manos. Se esfumó el temor a ser vista con estrías en la cintura, con venas varicosas detrás de las rodillas. Se la estaban comiendo despacio, con gusto, sin peros ni prisas, uniéndole cada uno de los lunares, hasta los más diminutos y escondidos. El hombre al fin abrió la boca para decir “Estuve soñando que te conocía de toda la vida, que venía hasta aquí para llevarte conmigo, y aquí estoy”.

          Despertó con el cuerpo ensanchado. Olvidó algunos detalles del sueño al refregarse los ojos, pero se le había engarzado un cosquilleo justo debajo del ombligo, otro le enumeraba cada una de las vertebras en la espina antes de revolotear por sus caderas. Fue a lavarse el cabello. El contacto con el agua aceleró sus pulsaciones, provocando haces de luz con figura masculina. Confusión riquísima.

          Así llegó a la estación. Iluminada, confiada, sensual. Nadie sabe nada, y para todo aquel que la mira es sólo una mujer como cualquiera, una húngara vieja y tristona de cabello castaño lacio, con mechones aclarados por uno de esos químicos para la belleza, de ojos azules brillantes como podrían ser verdes intensos.

          Gábor platica minutos extra con alguien antes de hacer sus compras; hace una seña como pidiendo paciencia, cosa innecesaria. Elvira ya espera junto la puerta de acceso a los andenes; muy cerca se escucha el relato del excepcional control de balón que terminó en golazo del chico malo Rooney. Un joven de aspecto distraído y cabello oscuro, sombrío a la distancia, toma fotos de todo; despierta la curiosidad de Elvira por unos segundos, sin embargo no le presta mucha atención y vuelve la mirada hacia el calladito quien se coloca  en esos instantes la banda en el brazo izquierdo que lo acredita como controlador, orgulloso empleado de la estación. Pero hoy la paciencia de Elvira no pasa de los quince minutos. Responde a Gábor con otra seña, indicando que subirá al tren. Él no lo cree, piensa que ella juega, y sigue platicando. Al fin se despide pues escucha al voceador de Nyugati pedir a los pasajeros con destino a Esztergom que aborden el tren por el andén número dos. Ella camina hacia el tren y el piensa que se ha vuelto loca. Se apresura a comprar sus bebidas y cigarrillos, esta vez sin cruzar hasta el supermercado, sino en el pequeño ABC de la estación. Todo le estorba, gente, frigoríficos, el dinero se le esconde al fondo de los bolsillos del pantalón y al obligarlo a salir las monedas saltan sin control hacia el piso, un par se ocultan bajo pequeñas cestas de jitomates, zanahorias y papas.

          Elvira está de pie en la puerta del vagón. La gente entra y ocupa los asientos. Gábor y Elvira tendrán suerte si encuentran alguno desocupado. Gábor al fin viene, no está contento, tampoco muy enojado pues los malestares le impiden reunir las fuerzas para estarlo, además debe apurar el paso cargando sus compras. Ella decide ir a buscar un par de lugares, avanza por el estrecho corredor entre niños traviesos y padres acomodando equipajes, y nota dos o tres disponibles en la primera clase. Sube los tres escalones y empuja la puerta de cristal, cosas que se supone diferencian las secciones en cada vagón. Encuentra mucho más que dos asientos.

viernes, 16 de octubre de 2009

Deseo con rostro de Elvira. Parte I

Viaje a un infinito que no conocía, todo en dos horas de miradas y sonrisas cómplices.
Gracias a una desconocida, que permanecerá desconocida para mí, se me ocurrió este relato...



Deseo con rostro de Elvira.   Parte I

Su nombre es un misterio. Lo más probable es que sólo ella y su achacoso marido sepan el verdadero y nada hace pensar que lo revelarán. Tal vez sus más viejos amigos, aunque nunca se les ha visto acompañados por amigos. En la estación nadie tiene la menor idea. Él se hace llamar Gábor, así nadie le cuestiona; habiendo tantos en Hungría, un Gábor más sentado tras una pequeña mesa de madera y cobrando cien forintos por la entrada a un baño, no representa algo especial. De ella, nada en absoluto.
 
          Algunos piensan que ella oculta su verdadera identidad por la vergüenza de salir a la calle con un marido como el suyo, flaco de hombros caídos como abrumado por la herencia del comunismo y la creciente miseria del poscomunismo, sin control sobre una tos seca y nicótica, con las barbas desarregladas como un alboroto de hormigas descoloridas corriendo alarmadas en todas direcciones, emitiendo un aroma rancio de varios días de tabaco y alcohol, llevando y trayendo cervezas, vino, pálinka, todos los fines de semana. Apenas termina su jornada en la estación de trenes Nyugati  y su primer pensamiento es cruzar la avenida hacia Kaiser’s para comprar dos cajetillas de Multifilter, de no muy buen sabor pero baratos, y sus bebidas desde luego. Es una exageración pensar tal cosa de ella, está claro que tienen al menos unos veinte años juntos. La parsimonia -de sus dobles besos al aire, de sus saludos con media sonrisa, de sus dos pasitos delante del marido- no miente. Mínimo veinte años. Yo pienso que se llama Elvira.

          Ella llega a la estación el sábado por la mañana y espera. A veces compra un par de boletos para el tren a Esztergom, boletos con descuento para un tren con asientos de primera clase que ni el más decente viajero respeta. Un poco de comodidad no está mal para ella, y al marido le sienta mejor aún. Siempre bajan juntos en alguno de esos pueblos cuyo nombre comienza con Pilis, y parece que hubiera tantos Pilis como Gábors. Aún no comprendo el significado de Pilis, tal vez es algo bonito, o algo tranquilo, o algo verde y espeso, o algo recóndito; hay varios tipos de árboles frutales en Pilis, y casi todos los abuelos saben preparar mermeladas, vinos, conservas; muchos abuelos simpáticos que sonríen, preguntan, contestan, y olvidan. Sitio ideal para esta pareja. 
 
          Elvira muestra si es necesario un documento extraño que siempre porta en un pequeño bolso tejido a mano de color verde, gastado en los extremos, colgado al cuello entre la blusa y una ligera chaqueta deportiva. El inspector desdobla el papel, mira al viejo enfermo, acepta el boleto de ella y de inmediato aborda a los siguientes pasajeros. Ignoro el contenido, mas debe ser algo delicado a juzgar por la reacción de los trabajadores del tren, entre el desconcierto, el temor a un contagio y ciertas ocasiones el asco. Por supuesto se trata de alguna mentira, pero mejor causar una desagradable impresión que pagar tarifas enteras.  El deplorable aspecto del hombre basta para despejar cualquier duda, pues luce casi tan mal como un anciano de ochenta años cuya familia ha extraviado en alguna calle. Y esa tos.

          Pagar por el transporte en Hungría es algo absurdo para Elvira. Opina que si las cosas van cada vez peor en el país, y nadie le da importancia a nada, entonces uno debe aprovecharse de todo y de todos, sin mentir o robar cínicamente porque eso es de policías y políticos, entre otros personajes distinguidos. La desidia nacional queda confirmada, según ella, en las malas noticias de todos los días en la televisión, y en los empleados de la estación de trenes. En la televisión, la misma rutina, accidentes de borrachos, problemas con gitanos, alergias y brotes de influenza, roces con Eslovaquia, legislación de la Unión Europea; esperas unos días, cambias de canal y la misma jerga, accidentes de borrachos, problemas con gitanos, alergias y brotes de influenza, roces con Eslovaquia, legislación de la Unión Europea.

          Ni qué decir de Nyugati. Ningún empleado en verdad cumple su función; quizá su marido sí cumple, casi siempre está sentado junto a la puerta del baño fumando, pero no es en realidad un empleado de la compañía operadora del transporte público. Varias decenas de personas, todos los días, ocupan un asiento en los vagones sin pagar boleto, algunos tienen el descaro de mostrar uno de días anteriores al desprevenido gordito de aspecto bonachón cuya tarea de vigilar el acceso a los andenes se define por la cantidad de cigarrillos que fuma o comparte con los compañeros, y por su amena narración de los goles del equipo de sus amores, el Manchester United. Bueno, este sujeto es el ejemplo más evidente. Ahí está aquel otro calladito imitando a la pistola lectora de códigos de barras; la diferencia entre la pistola y el calladito es que aquella emite un bip al reconocer un producto vendido, y éste solo repite “gracias, gracias…” sin verificar la validez de ningún papelito impreso.

          Una vez dentro de los vagones, si los inspectores se aproximan demasiado, los entendidos caminan al siguiente coche o bajan en la parada más próxima a esperar el siguiente tren. Sin embargo, tampoco esos inspectores de viaje parecen muy preocupados por cumplir su trabajo. Algunos de ellos atraviesan vagón por vagón apenas mirando de reojo, pretendiendo amedrentar a chicos imberbes de esos que portan botellas de pezsgő o latas de cerveza, o a los gitanos, o a aquellos extranjeros con rostro de infinita duda. Comienzan por la cabina del conductor con quien platican varios minutos, abren puertas para entrar, cierran puertas al pasar, bajan cuando se detiene el tren en alguna estación, muestran al conductor una señal circular verde cuando ya nadie sube o baja, indicando que se puede reanudar el viaje. Son apenas tres o cuatro los estrictos que revisan persona por persona, boleto por boleto, vagón por vagón, pero claro, jamás les alcanza el tiempo.

jueves, 8 de octubre de 2009

Apunte sobre mujeres modernas

De mis noches en Budapest, De mis recuerdos de México, de Croacia, de Madrid -sin presunción- algo no me cuadra...
Las mujeres son lo más hermoso que existe.
Por qué no hacer el mundo un poco más a su estilo? A mi parecer, el mundo es bastante masculino ya, y sufrimos las consecuencias. Siento que la mujer, por ser mujer, puede hacer mucho para cambiar el rumbo.
Ojalá...
 



Apunte sobre mujeres modernas


Mujeres de escaparate, de alcurnia postiza o vanidad exacerbada, empeñadas en la fama de maniquí cuya única gracia es el atuendo de ocasión siguiendo cada una de las cuatro estaciones, a veces botas, a veces alguna coqueta falda, a veces una ligera blusa, a veces. Jóvenes por siempre a los quince y a los cuarenta y tantos, actitud hierática y burlona, sonrisas mentoladas e incitantes, convencionales, interior de resina, oscuro, hueco, aislado.

          Ya no se sabe si de verdad algo les preocupa, si algo les motiva. Es seguro que nada les llena ese interior artificial, resultado de sociedades sin ángel. El momento, sólo el momento. Aquí sentada en la banquita del parque toda engafada y con estola, fumándose la moda en un cigarrillo slim; allá en el octavo piso inclinada sobre el escritorio afinando con el jefe los últimos detalles de la nueva publicidad; de la mano del galán en turno dejándose llevar a la última buena de Tarantino después de una exquisita fast food; escogiendo la discreta y elegante falda en la boutique de actualidad para la siguiente conferencia de los más importantes expositores; paseando al bodoque de cuatro años en carriola haciendo las veces de madre responsable con atavío adecuado, platicando con la amiga entre pasos de no me mires, no me toques. Es seguro que así nada les llena.

          Todas se resumen en una. Mujer moderna. 

          La que sueña con viajes exóticos, donde lo único exótico es el sueño mismo, pues el viaje dependería de un plan, de un presupuesto bien calculado, de un hotel adecuado, de un trayecto sin contratiempos, o de un caballero despistado y generoso.

          Esa valiente y solitaria, de procesos definidos e ideas concisas, de gesto amigable para unos minutos el fin de semana, siempre y cuando los amigos no pretendan tener la razón.

          Trabajadora de alto rendimiento, confrontadora, retando a los colegas más capaces, adquiriendo hábitos de competencia y triunfalismo, superando la femenina barrera sentimental que ataba las abnegadas a los designios de los hombres.


          Damita fatal de discoteca, de burda actitud alegre y seductora, regalando desaires y besos húmedos, provocando la eclosión de instintos reverberantes de alcohol.

          La paciente, o resignada, por necesidad, a la espera del gran amor que le provoque los más volátiles anhelos, el hombre fuerte y varonil por quien valga la pena arriesgarlo todo hasta quedar desahuciada de tanto suspirar mientras le ve partir hacia otra esperanzada.

          Aquella hermética, harta de la burocracia, la corrupción, los bajos sueldos, los hombres siempre iguales, recetándose y vacunándose a sí misma por igual contra enfermedades que contra el pavor a las emociones profundas.

          Mujer de este tu tiempo. Imagina otras formas por favor. Sal al mundo, no sólo a la calle o a la ciudad, o al país, o al centro comercial. Al mundo. Devuélvenos la sensibilidad extraviada entre el oleaje milenario de lidercillos ambiciosos trepados en briosos corceles o en autos blindados. Haznos luchar por ideales como esos mártires revolucionarios , sin dejar que nos convirtamos en inútiles iconos o recuerdos fotográficos. Disfruta tu propio cuerpo en ropa ligera, admira tus formas, tus movimientos, sin orientar tus combinaciones por comentarios u ofertas. Sé origen, y ya nunca más producto.


          Toca estos brazos con tu magia para recuperar el tan menospreciado cariño y así abrazarte horas y horas hasta verte dormir serena. Despierta libre, no esperes, no busques. Ya eres La Diosa. Sal al mundo.

          Hombres. Veredicto: Culpables.

domingo, 4 de octubre de 2009

Te quiero conmigo

En realidad, no sabía que título poner a esto. Sólo escribía notas como venían a mi cabeza, casi sin sentido. Me tomó diez minutos esta pequeña cosa que no es ni relato ni poesía. Sólo... Necesitaba escribirlo...



Te quiero conmigo,
tanto o más aún que aquella vez en que sentí por primera vez tus manos entre las mías,
tus manos tan frías como las mías,
revolviéndose, vibrando de ganas,
mientras pasaban y paseaban paisanos mirándote, imaginando quién sabe cuántas cosas contigo.

Te quiero conmigo,
mucho más cuando recuerdo la espesura que atravesé al internarme en tu mirada,
 tan azul de tantos intentos por olvidar,
caminando entre lágrimas de diversos orígenes
y el aroma del capuchino con canela.

Te quiero conmigo,
desquitando tus constantes enfados por esa gente allá afuera,
hablando pestes de jefes, de políticos, de fumadores,
preconizando el destino de todo,
con tus brazos descansando en mis hombros.

Te quiero conmigo,
en este limbo de cigarrillos americanos, café con crema batida y torta de frutas,
leyendo cada uno de mis gestos,
criticando cada uno de mis temores,
bebiéndote sin prisa un vodka naranja.

Te quiero conmigo,
con mayor intensidad de la que puedo expresar en estas rápidas notas,
con apasionada y amarga locura después de cada punto y aparte.
He terminado mi café.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Viejo soltero busca

Viejo soltero busca
Waldo
 
La voz se escucha una vez más. Todos los días. Encantadora. Nuestro hermoso mundo, sobrecalentado, sobreexplotado, perfecto y feliz.

¡Buuuuuuuuuuuueeenos días a todos, humanos de pacotilla! Les encanta que se burlen de ustedes, ¿verdad? Pues aquí estoy para eso y más este 22 de Agosto, transmitiendo simultáneamente en todos los idiomas conocidos, con excepción de las lenguas de países económicamente muy jodidos, celebrando diez años ya de bombardear sus neuronas con las más bárbaras idioteces sin que ustedes noten la diferencia entre cierto y falso. De todos modos, ya hace mucho que no notan la diferencia entre cierto y falso. Ya hemos superado todos los records de audiencia de cualquier otra emisora, ninguna nos supera en la tarea de denigrar más y más al decadente género humano.

          Ya lo saben. Mi nombre es Gran Papi Duro transmitiendo desde Supranet, el más aclamado de los medios informativos por su absoluta impertinencia. Con nosotros ves lo que tienes que ver, escuchas lo que tienes que escuchar y no tienes nada que decir pues eres un simple miembro de las masas.

          Fíjense, controlando como controlamos toda la información, nos hemos encontrado con un comiquísimo desplegado de algún idiota primitivo convencido del poder del verdadero amor. ¡Uuuuuf! Vaya ocurrencia. Por un momento supusimos que se trataba de una broma traspapelada por alguno de nuestros empleados de más bajo nivel, pero estuvimos indagando y el tipo que lo escribió de verdad existía. Yo estoy a punto de destornillarme a carcajadas. Lean esto, tienen tres minutos.

21 de Agosto de 2050
VIEJO SOLTERO BUSCA MUJER INTELIGENTE, moderna, audaz, dispuesta a vivir el resto de su vida llena de pasión con un hombre honesto, sencillo, caballeroso, lleno de achaques pero ansioso por brindar todo su cariño y procurar paz y comodidad a su pareja.

          Vivo en un enorme departamento. Este cuenta con una estancia de 25 m2, tres habitaciones de 35 m2 cada una, cocina de 20 m2 con alta y práctica alacena de piso a techo, baño de 15 m2 con coqueta tina. Tengo todos los servicios, incluida la calefacción.

          No es necesario compartir los gastos –aunque no lo descarto– pues he ahorrado durante mucho tiempo para completar esta propuesta, y permitir a esa posible pareja dedicarse a sus propias actividades sin que un sólo minuto se sienta atada al hogar o a mi persona. Además, estoy muy bien acostumbrado a las labores de limpieza, e incluso anhelo compartir sin malas caras la responsabilidad en la crianza de los hijos, en caso que un día llegasen estos.

          Pero por favor, antes de tomar la decisión de vivir conmigo, consideren mi siguiente definición de pasión, pues ya antes he intentado construir un par de relaciones con mujeres que me parecían hermosas en todos sentidos, sin embargo nunca hubo disposición, ni de su lado, ni del mío.  Quiero que esta sea mi última y definitiva oportunidad, y tengo mente y corazón con miras al matrimonio. Ya no deseo ningún malentendido que al poco tiempo les haga cambiar de parecer:
 
Pasión:
La pasión es ese pinchazo cálido sentido en lo más profundo de nuestro corazón pero identificado con la boca del estómago, o con mariposas en el estómago, originado por un legítimo y sublime contacto con otro ser cuya mirada, gesto y palabra despierta en nosotros una emotividad pocas veces expresada con total desembarazo, recreada sólo en sueños o en charlas con buenos amigos. La pasión se compone de dos elementos clave:

          1.    El amor a la vida, esto es, la aceptación de nuestro ser, tal como es, con virtudes, errores, todo tipo de ideas, desatinos, alegrías y tristezas, asimilando nuestro pasado sin renegar de ninguna experiencia, construyendo pacientes y ecuánimes el presente para imaginar y cimentar el futuro que anhelamos. Amor a todo lo que tenemos, familia, amigos, trabajo, a todo lo que conforma este mundo.

          2.    Un claro y real deseo de compartir nuestra vida con esa otra persona especial, fincado en la aceptación del otro ser, tal como es, con virtudes, errores, todo tipo de ideas, desatinos, alegrías y tristezas, asimilando su pasado sin renegar de ninguna experiencia, construyendo pacientes y ecuánimes el presente para imaginar y cimentar el futuro que anhelamos. Amor a todo lo que tiene, familia, amigos, trabajo, a todo lo que conforma este mundo.

          La pasión se puede presentar a primera vista en cualquier momento, ya estemos trabajando, celebrando algo en un buen bar, o de viaje –quienes tienen la fortuna– en un país interesante, de aquí la posibilidad de un amor a primera vista. La pasión puede durar algunas semanas, en algunos casos varios años, luego de ese primer vistazo. Pero si uno de los dos “apasionados”, o ambos, no se conoce bien a sí mismo, no se ama bien, o no tiene el claro y real deseo de compartirse tal cual es, o en definitiva no considera ninguno de los dos elementos, condenará todas sus relaciones de pareja a un final desalentador, y además manchará el resto de su existencia con una sensación permanente de insatisfacción y soledad aterradoras. Aún la pasión debe ser alimentada, apuntalada, en fin, construida y reconstruida todas las horas, todos los días.

          Les suplico consideren esto muy bien antes de llamar a mi puerta de Rákóczi tér 2, porque además de estar convencidas de ello, tendrán que subir tres pisos por las tremendas escaleras del viejo edificio en que me encuentro. Al administrador nunca le importaron las peticiones firmadas por todos los vecinos requiriendo la instalación de un ascensor.
 
          Último detalle, tengo 73 años de edad.
 
          Cariñosamente,

 
¿Qué tal este imbécil? No es necesario saber su nombre. ¿De verdad pensaba conquistar a una mujer así? Había traducciones de este desplegado en húngaro y en inglés que por fortuna jamás se publicaron. No lo habríamos permitido, desde luego. Un simple desesperado, aburrido. Para tener pareja hay que vivir el momento. Pasión, sí claro, cómo no. La pasión está en el momento. ¿Construir la relación? ¡Ja jaja! Tonterías. El momento es el momento. Todo se da o no se da. Punto. Como vivir y morir. Como Sí y No. Uno toma el momento o no lo toma. ¿Quién querría hartarse construyendo algo? Que les quede bien claro, el amor no se construye, está o no está. Punto. Elijan a alguien y vivan su momento.

          Este viejo loco, porque de verdad era un viejo muy loco y muy estúpido, fue localizado por nuestros nanoreporteros, lo hallaron muerto y sólo en su cama, muy romántico con las manos unidas sobre su pecho, vaya ternura; el muy ridículo tenía una vela blanca y gorda encendida haciéndose sólo su propio velorio a la antigua, y muy cerca de su cabeza una guitarra pudriéndose que seguramente nunca aprendió a tocar. ¿No es patético? Ya dejemos esta barbaridad, y demos paso a…

jueves, 24 de septiembre de 2009

Sí, lo siento

Una mujer impaciente, un hombre desorganizado, una buena oportunidad...

Sí, lo siento
Waldo

Lo siento, ¡por supuesto que lo siento!  No te ofrezco una disculpa, aunque así todo el mundo lo interprete, sino al niño que resbaló en el lodo salpicando una falda blanca, al joven que desea decirte tantas cosas, y tocarte, y acariciarte, y cansarte de besos, si acaso esto es posible. Te doy al hombre cuya alma -espíritu, esperanza, pasión, y todos esos términos que se refieren al incomprendido mundo interior de cualquier individuo- está enganchada irremediablemente a cada uno de tus gestos, como el salmón en su brutal desenlace arrastra en cada una de sus escamas la primavera.

          No vengo a decir lo siento lleno de vergüenza, intimidado por amarguras y desencantos que aún no discutimos; vengo a afirmar “Sí, lo siento”, siento tu cansancio, el peso de tu desesperación mordiéndome la mente, la pizca de desesperanza tratando de hender tu voluntad, cada lágrima tuya golpeteando mi orgullo. “Sí, lo siento”, cada mañana de ayuno ganándote la vida, tus combates silenciosos contra la estupidez humana, tu inteligencia desbordando las pequeñeces de un mundo minuto a minuto más frío. “Sí, lo siento”, tus manos blancas, tan excitantes como tiernas, la cercanía de tus piernas suculentas  revolviendo esas sabanas, el aroma de tu deseo atrapándome entre tu cuello y tu barbilla.

          Plenamente. Contigo no hay otra forma. Nadie puede ser tan afortunado. Lo siento plenamente. Y al despertar hay un espacio a mi lado, siempre, y mis cabellos están mecidos, mi espalda arañada, mis muslos tensos… Me tienes, me usas con tanto cariño, con tanto frenesí, me agobias de gestos, muchas veces con feliz encono. Me despierto sin ti, y te llevo conmigo.

          “Sí, lo siento”, lo siento mucho amor, hoy he llegado tarde a casa.

Cruel venganza dulce de resabio amargo

Observaciones y advertencia
El siguiente escrito parece un tanto fuera de contexto en este blog; pertenece a un proyecto más ambicioso en el que sí encaja; podría incluso considerarse como un borrador. Contiene lenguaje sexual explícito. Sin embargo no intenté crear un relato erótico, mucho menos pornográfico, sino, por así decirlo, limpiar uno de tantos recuadros de la ventana tras la que miro hacia el exterior. Debo desempañar bien la ventana, para luego abrirla… A mí me agradó el resultado, aunque el título no me ha convencido tanto. Lo dejo todo a su consideración.


Cruel venganza dulce de resabio amargo
Waldo

Tu estúpida necedad no me permite explayarme a plenitud en lo que hago, por ti, por mí, por la relación, por nuestros planes. Claro, nuestros planes, como si fueran nuestros planes. Todo el tiempo llegando a casa con desgano, ves la televisión, murmuras algo, bebes dos vasos de vodka, y en la cama duermes al otro lado de un muro invisible que no sé cuándo levantaste. O si lo sabía, no había querido hacer caso de él. Porque todas las noches remuevo ya por mala costumbre algunos ladrillos para deslizar mi brazo derecho hasta tu territorio, para intentar colocarlo sobre tu cintura, sobre tu cadera o sobre tus hombros, afanado en demostrarte que puedo ser tu verdadero refugio y protección. He sido estúpido y tenaz en esto. Sin embargo apenas me permites un par de minutos; aún dormida tomas esa actitud insoportable, indiferente; aún dormida usas el pretexto de la incomodidad, del calor inusual emitido por mi cuerpo, sofocante, sumado a las cobijas y al peso de mis extremidades. ¿Qué es el peso de mis extremidades comparado con tu explicable insatisfacción? Si no quieres resolverla es tu problema. Mi peso no es nada, ¡nada! Estás soñando algo espantoso, lo acusan tus movimientos constantes, algo de tu propia oscuridad. Y mañana tu cabeza loca encontrará la causa en nuestra relación decadente. Pero es tu oscuridad, sólo tu oscuridad, la que nunca revelas, como tampoco revelas lo que te devuelve a la calma.

          Estoy cansado de ser condescendiente con tus arranques. Mira que arrojarme al pecho tu bolsa de cosméticos sólo porque no te gustó el juego de las cosquillas. Incapaz de pedir nada, orgullosa. Estoy hasta la madre de tus quejas por todo lo que consideras que otros hacemos mal, como si en verdad tú fueras la única persona capaz de opinar bien, de hacer bien. Estoy hasta la puta madre de verte atravesar la puerta principal de la casa descargando tus frustraciones sobre mí, porque no soy ningún blanco alternativo, sino tu pareja. Te he preguntado no sé cuántas veces, te he sugerido no sé cuántas veces, yo mismo –no me lo creo–, que mi presencia es la causa de todas tus pinches malas ideas, de tus infecciones en la piel, me he ofrecido a apartarme aceptando culpas. Pero no, en realidad la relación es nada más un síntoma de la bárbara oscuridad que te aqueja, y la causa de ella debe estar en otro lado. Comienza a carecer de importancia para mí.


          Te levantas por la mañana sin ilusión, y en ese estado, si por casualidad estoy despierto y te dirijo alguna palabra, no la entiendes, o no quieres escucharla, tú sabrás. Te pones de pie, dejas la recámara, preparas café. Cuando soy yo quien despierta primero, tu reacción es de enfado por el escándalo que hago; bien sabes que me esfuerzo para evitar cualquier sonido, y lo logro, pero tú igual me das la espalda y te cubres hasta las orejas, no soportas mi proximidad. No más dulce despedida matutina dejándote un beso en la frente. He tomado una decisión.
          

          Todo el tiempo sin luz en la casa, ni por la mañana ni por la tarde; por la noche es obligado. Jamás abrimos por completo persianas o cortinas durante el día, como si odiaras la luz. Ese aire de misterio fulgurante que me encadenó cuando nos conocimos, ya no es intenso. En ti no hay seña alguna de creatividad independiente de prejuicios, basas tus comentarios sobre decoración en revistas y emisiones televisivas de jodida calidad, crees interpretar a la perfección el dichoso feng-shui. Tu absoluta organización sería envidiable para cualquier mujer, incluso para cualquier administrador, pero yo sé que es otro de tus intentos por darle sentido a tu existencia acartonada, por justificar esa inteligencia superior que dices aprovechar mucho mejor que el resto de nosotros, simples idiotas incapaces de pensar con lógica. Tus concepciones son válidas, lo demás es basura. Mi decisión se pondrá en marcha la próxima vez que atravieses esa puerta.
 

          Así será. Llego antes que tú a casa, abro las ventanas, cortinas y persianas, limpio todo, pongo orden. Deseo que al entrar te sorprendas. Tu casa estará reluciente, iluminada en su totalidad. La comida estará sobre la mesa, algo sencillo pero servido de corazón, los cubiertos sobre servilletas lilas dobladas en triángulo, plato largo, plato sopero. El sofá cama de la sala tendrá todos los cojines en la secuencia de colores preferida por ti para el verano. Ni en la recámara, ni en el baño habrá uno solo de mis cabellos, sé cuanto detestas estas cosas. La cama estará hecha, y también estarán tus sandalias listas.
 

          Al fin llegas, te veo sonreír por la grata sorpresa, me abrazas y me besas con cierta efusión. Notas las flores en la cocina, en la mesita de centro que semanas atrás decidiste colocar junto al juego de libreros de la sala, a un lado de la puerta de la recámara. Y allá un poco más lejos ves también las flores sobre la mesa del balcón. Parece todo tan hermoso. Te veo sonreír, ya asoma ese comentario tuyo que desencadenará el resto de mis acciones.
 

          Por supuesto, desde tu entrada te trato con cortesía como acostumbro, lo mereces por ser mujer, por ser mi pareja, porque sí. Tomo tu bolso y lo arrojo sobre la cama, con lo cual de forma indirecta te obligo a apreciar por completo tanto orden para garantizar un día maravilloso. No te muestro el baño puesto que tu segundo movimiento automático después de llegar es ir a él para lavar tus manos con agua caliente y eliminar así las asquerosas bacterias del mundo exterior. Sales con la cara aún más radiante, recibo más abrazos y besos. Y lo que sigue por lo regular me echa a perder el día, sin embargo esta ocasión es la clave que espero, comentario absurdo que nunca falta: Bajamos un poco las persianas, no quiero que los vecinos tarados estén espiando.
 

          A ti te encanta tener el control de la situación cuando nos sentamos en ese sofá y comenzamos a tocarnos los muslos, un poco más, tu senos pequeños y firmes, besarte la boca y sentir que no te gustan mis besos, examinar tus pantorrillas. En una tarde normal tú misma cerrarías las persianas para no sentirte observada y pedirme sin tapujos que me desnude, que traiga pero ya los condones, que me siente en el sofá, mientras tú tocas al que llamas amigo, lo presionas, lo acaricias por encima de mi pantalón, me preguntas que por qué no me muevo. Ya sin ropa, tu amigo erguido, veo como deslizas por debajo de la falda tus menudos calzoncillos, hasta el suelo, notas cada vez más ansioso a tu amigo por compartirte sus primeras lágrimas de emoción y empapar las finas fibras rubias que recubren los velos carmesí de tu hambre voluptuosa. En una tarde normal como esta que describo, intentaría quitarte el resto de la ropa pues me gusta admirar tu terso y blanco cuerpo desde todos sus primorosos ángulos, y en esa misma tarde normal me impedirías hacerlo pues tu idea de hacer el amor es terminar en pocos minutos, antes que comience tu telenovela favorita, alcanzar el éxtasis o su parecido, o fingirlo, tú siempre encima de mí con tus rodillas a cada lado de mis caderas, descargando todo el peso de las tuyas sobre mi vientre, una y otra vez, iniciando lenta, aumentando gradualmente la cadencia pero sin generar tanta fuerza que pudiera romper tu sofá nuevo. Tus codos clavados en mis hombros, tu pelvis moviéndose hacia delante, hacia atrás, y ese jugo espeso de aroma enloquecedor escurriendo hasta mis testículos. Tratas de perder mi razón en el menor tiempo posible. “Ven, ven ahora” me dices, y todo queda ahí.
 

          Una vez hecho el comentario, ya no será así. No más. No moveré un centímetro cortinas o persianas. Esta vez te pones de pie dirigiéndote a las ventanas; al instante hago lo mismo y te tomo por detrás las muñecas sin exagerar la energía pues conozco tus reacciones; odias sentirte obligada por alguien, sea quien sea. Te empujo hasta salir juntos al balcón, casi forzándote a apoyar los antebrazos sobre la baranda, ofrezco mis disculpas y traer un poco de vodka con naranja; aceptas. Unos brevísimos instantes me separo de ti para dejar mis pantalones y calzones sobre el respaldo de una silla, conservando nada más la camisa. Tú no lo notas, estás contemplando el jardín y pensando que ahora sí mi locura ha empeorado en serio. Mientras tanto me aproximo sigiloso, recargo mi pesado cuerpo sobre tu espalda, refregando mi cadera contra tu trasero cubierto por ese pantalón viejo color rosa que siempre se ve mugroso a pesar de las lavadas. La dureza del amigo despierta tu interés, él se esfuerza por romper la tela, le sientes acomodarse sobre ella sin progreso en su propósito, pero sí encontrando los pronunciados contornos de cada apetitosa y suave masa de carne, donde comienza la sombra de tu ardor.
 

          Otra sonrisa, traviesa. Llevas tu mano derecha hacia mi abdomen suponiendo que estoy vestido. Adviertes entre tus dedos esos largos filamentos negros, humedecidos. Te enojas mucho, me preguntas si estoy loco mientras te rodeo con mis brazos oprimiéndote con vigor, limitando tus movimientos. Desde luego eres muy fuerte; de antemano sé que intentarás librarte, y mientras defines cómo lograrlo, rasgo tu pantalón rosa metiendo la mano derecha, anticipado a todas tus reacciones, sintiendo con mi dedo medio ese punto donde comienza la zanja de mis delirios, internándome más y más, provocando la tensión de esos músculos que rabiosos se resisten al inusual ataque. Nuestros impulsos combinados no hacen sino acelerar el desgarro de las costuras, me facilitan el tirar de la pieza sin perder en bríos. Dejo descubierta esa suculenta parte posterior tuya, rojiza por el empeño e ira en la defensa, apenas cubierta por un diminuto calzoncillo blanco, fácil de retirar.  Y justo cuando intentas llena de coraje empujarme, sientes la misma mano descarada abriendo trecho hasta ese primer pliegue íntimo, suave y flexible, donde ya mis yemas juegan cosas de adultos libertinos. Estás perdiendo el control de la situación. Querrás ponerte más agresiva, darme una lección, tratarás de pellizcarme la mano izquierda de tal forma que dos gotas de mi sangre manchen el piso. Lo consigues, pero no cedo. Ya estás transpirando ese aroma del celo animal que potencia la imaginación. Persistes en tu lucha, tu rencor no termina aún; yo habré removido un segundo, un tercer velo, mi muñeca bien acomodada sobre ese vecino más tímido, frotándose sobre él al ritmo que marca la danza de la embestida contra tu pudor fútil.
 

          Vendrá un segundo esfuerzo tuyo, con sacudidas encolerizadas, llamándome idiota. Cualquier reacción tuya es para mi lujuria simple invitación a fortalecer la arremetida. Antes que aparezca un tercer esfuerzo, mi mano derecha ya en total arrobamiento lleva sin pensarlo dos veces mi fuste, que certero al primer ensayo quiebra la última resistencia con apenas un vistazo al interior de la fuente de tu universo libido. Por última vez pronunciarás alguna frase de rechazo; yo sin vacilar te tomo por el ombligo con el brazo izquierdo, trayéndote mucho más hacia mí, las piernas bien plantadas sobre las losetas del piso, mis muslos pegados a los tuyos, mi brazo derecho serpenteando hasta sujetar tu hombro pasando debajo de la axila. Aquí se presenta la primera inserción, no es suave, estoy aburrido de ser suave; aunque tampoco es brutal, sino medida, profunda, para robarte el aliento. Ahora una segunda. Mantengo al amigo hundido tan adentro como se puede, acerco mi boca a uno de tus oídos para susurrarte mientras gimes revuelta entre odio y deseo: ¿Quieres comer ahora, o seguimos platicando en el balcón?
 

          Entiendes al instante la propuesta, piensas que será tu oportunidad para volver al interior de la casa y terminar esta estupidez, tramas algo. Eliges comer desde luego. Doy un par de pasos atrás para que puedas girar y avanzar hacia la sala. No te pierdo de vista, no me alejo, todo está calculado. Tu actitud cambia, tramas algo. Me pides cerrar las cortinas. No te escucho. Parados ya frente al televisor reanudo mis ímpetus, te llevo hasta un extremo del sofá tendiéndote boca abajo con el torso al aire, la panza sobre el brazo del mueble. Tal posición deja descubierta una imagen identificada con mis bajas fantasías, un manantial hirviente coronado por una estrella tan cercana que sus rayos son inteligibles. De nuevo tu movimiento está limitado a mis designios, sólo puedes colocar tus manos en el suelo laminado. Yo me coloco sobre tus piernas y la inmovilidad se vuelve casi total. Comienzo a saborear centímetro a centímetro la escena ante mis ojos, con mi lengua inquieta y curiosa, trazando líneas rectas desde la parte posterior de tus rodillas, siguiendo hacia arriba, después haciendo círculos sobre ambos hemisferios a los lados del manantial. Una vez cansado de esto, lavo mi lengua y rostro, retozo vehemente en tus riachuelos floridos mientras mis manos marcan tu espalda con líneas carmesí bajo la blusa que ha sobrevivido la batalla. Las manos se posan al fin en tus caderas para sugerirte que jamás abandonaré las aguas en que estoy sumergido.
 

          Mi lengua sumergida en el manantial. No olvido la estrella. Está tan al alcance. Con mi pulgar izquierdo sigo cada uno de sus rayos. Mi pulgar presiona, quiere hacerse uno con esa belleza todavía infranqueable. Mi lengua consiente en asistir; sin separarse de tu piel se eleva hasta ella, la mima, le comparte las delicias que ha probado más abajo, hasta que aquella comienza a cambiar de aspecto, parece oscurecer, se ensancha, se transforma en un hoyuelo negro deseoso de tragar cuanto le sea ofrecido. Mi pulgar toma la oportunidad, indaga, toma un respiro, se ensarta, una, dos, tres, no sé cuántas veces.
 

          Hasta este punto no me he percatado si has dicho alguna otra cosa, pero es claro que gozas sin remedio. Dices estar ya cansada de la posición. De tu rostro ha desaparecido la rabia, está ensanchado por los miles de vasos sanguíneos que transportan tu deseo carnal hasta el límite. Pides cambiar de sitio. Te pregunto si deseas pasar ya al plato principal. Supones que se trata de un desorbitado juego sexual, encantador; respondes que sí. No imaginas nada. Te recuestas sobre un cojín y esperas mientras me acomodo sobre tu pecho, mis piernas a tus costados, entre tus brazos. Tienes la oportunidad de juguetear cara a cara con tu amigo, mirarlo, provocarlo, besarlo, darle asilo entre la suavidad de tus labios, dentro de tu boca que no sólo sirve para proferir maldiciones a diestra y siniestra. Sujetas mis posaderas, quieres acelerar mi explosión para luego descansar unos momentos. No imaginas nada.

          Termina este acto. Me pongo de pie y me desnudo por completo. Te ordeno hacer lo mismo. No tienes elección, estas excitada como nunca. Ordeno también que te tires boca abajo en el suelo, consientes. Una vez más está visible todo tu sexo, y voy directo a él pero sin prisas. Despacio, a tu manera. Muy adentro y despacio. Se nos escapan suspiros, gemidos, se derrama el sudor. Aumento la velocidad con moderación, me pides venir, me pides más. Te recuerdo aquella fantasía de ambos, penetrándote tan fuerte, arrastrándote por toda la casa, dices “Sí, ahora”. Me agito, incursiones profanadoras. Te cabalgo, llevo las riendas, obedeces sin objetar. No imaginas nada. Tu cabeza está entrando ya a la recámara, mas no sabes dónde estás, estoy logrando perderte. Tus quejidos se escuchan cada vez más agudos. Mi vientre se violenta contra tus nalgas las cuales son a la vez maltratadas por mis manos. Intento derribar el odiado muro invisible.
 

          No hemos terminado. Aun quieres más, y te lo daré. Me desprendo de ti ebrio de deseo, pero sin extraviarme. Permaneces unos segundos en el suelo, tu soberbio cuerpo todo cubierto de motas ardientes. Tomo tu cintura y te ayudo a incorporarte. Quedamos cara a cara. Agarro tus codos, inmovilizándote contra la pared. Me dedico a limpiar algunos segundos tus senos rozándolos con mis mejillas; mi lengua asoma de nuevo, tantea tus pezones que responden lascivos, ligeras mordidas. Me olvido de tus codos para asegurar tus piernas, separándolas, elevándolas hasta mi cadera, aprisionándote entre la pared y mi figura; así tu amigo encuentra de nuevo la entrada al glorioso recinto aún dispuesta a recibirle con todas sus extrañas intenciones. Te ordeno rodear mi cuello  con los brazos, te cargo hacia la cama sin salir de ti, me dejo caer y sigo percutiendo, pausado. Sujeto tus tobillos para colocarlos en mis hombros, me abrazo a tus piernas, duplico la rapidez, podría terminar en ese instante. Pero sería como cederte el control; no está en los planes.
 

          Me adelanto a tus pensamientos. Me detengo. Me acuesto y te ordeno subir. Sonríes extasiada, lo esperabas, tu postura favorita, pero estás despojada de toda autoridad, a mi merced. No imaginas nada.  Tomas con decisión al amigo, lo fijas, le muestras lo que quiere y al fin lo absorbes completo entre nuevos gemidos. “Muévete” digo entonces, tus ojos están cerrados, meneas la cabeza como mareada, como debilitada, “Puedo seguir por horas”. Estás perdida, no puedes parar, apoyas las manos en el colchón, reclinada hacia atrás, oscilas la cadera, contraes los músculos, te aviva notar que miro atento nuestros genitales complaciéndose, se yerguen a tope tus senos. “Ven aquí”, mi última orden, acaricio tus mejillas, beso tu boca, fingiendo ternura. Reinicio mis movimientos pélvicos, acoplándolos a tus evoluciones. Vamos a terminar juntos, no cabe duda. Te abrazo, yaces sobre mi pecho, estamos frenéticos. Gritas, exiges mi venida, no resistes mucho más, suplicas al dios en que no crees, alcanzamos la cima del placer, te digo que te amo, nuestros cuerpos se convulsionan, repito que te amo, y me respondes con la misma frase como si nada.
 

          Duermes relajada, tu sueño es profundo, sin muestra alguna de nerviosismo. Habrá sido nuestro mejor día. Recojo mi ropa, voy a la tina para darme un rápido baño, sin mojar mi cabello. Termino y me visto. Llevo mis zapatos en las manos pues no quiero que nada perturbe tu tranquilidad. Salgo de la casa. No imaginas nada. Todas mis pertenencias estaban en el garaje. Cierro con mucho cuidado la puerta, la aseguro, e introduzco mi copia de las llaves por la ventana de la cocina. Llamo un taxi, luego también introduzco el teléfono por la ventana, pues no es mío, tú me lo habías proporcionado, pero nunca me gustó. Espero diez minutos, luego me largo para siempre de tu lado.