viernes, 11 de diciembre de 2009

Deseo con rostro de Elvira. Parte IV

Al fin cerrando esta historia...

 


Deseo con rostro de Elvira. Final
Waldo

El tiempo ha desaparecido, quizás como en los mejores momentos de esa lejana primera vez que hiciera el amor con amor, a escondidas. El sueño del baño ha vuelto por chispazos. No recuerda el rostro del hombre, sólo la piel morena y el estruendo en su pecho provocado por el roce de esas manos. Pero tanta coincidencia sería imposible. No obstante, se siente libre de la anquilosada presencia de Gábor. Cada sonrisa devuelta por el extraño representa una culpa menos en la conciencia de Elvira, como si sueño y realidad en encuentro impensado luego de dos décadas de planes frustrados, ahora se conjugasen felices para permitir al menos esos minutos de estremecimiento. No reniega de los años junto a su marido desde luego, así lo había decidido y nunca sospechó cuánto podría cambiar la vida en Hungría después de mil novecientos ochenta y nueve. Aunque sí se sentía hastiada de que sus ratos más emocionantes fueran el burlar los pésimos controles de seguridad de Nyugati, escuchar al gordo parlanchín cada fin de semana y esperar que al fin Gábor le revelara por qué no debían jamás mencionar sus nombres verdaderos.


Para Alejandro no es una cuarentona adúltera. No tiene tal pinta. Es una lástima que la pareja ya se pone de pie alistándose para la próxima parada en uno de tantos Pilis. Debe además continuar su travesía de sanación hasta Esztergom. Y mientras repasa las miradas y los gestos que le erizaron cada centímetro de piel durante casi una hora, concentra el valor en una última mirada, intentando decirle cuánto desearía haberla conocido desde siempre y cuánto desea llevársela consigo en este momento. Lograr con los ojos aquello que con palabras sería improbable conseguir dado su escaso dominio del húngaro. Pero entonces algo cambia.


Y al mirarse uno al otro por última vez, en ambos quedó prendido un estimulante más potente que el amor carnal, algo que ambos no habían experimentado en años, y que tampoco tenía nada que ver con sus sueños incumplidos, ni con el tedio de las horas junto a una pareja tan ciega y egoísta como cada uno ahora comprendía haber sido consigo mismo. Se sonrieron, cada uno llevándose una marca en el rostro, se sabían alimentados por algo nuevo en esos minutos, y a la vez, extrañamente familiar.


Ella llega a la estación Déli el domingo por la mañana. Compra un sólo boleto, quiere comenzar por Viena, viajando en primera clase. Un poco de comodidad no está mal para ella. Ha depositado en un bote de basura ese documento extraño que siempre portaba en un pequeño bolso tejido a mano de color verde, y ha tirado el resto de las mentiras con él. Se ha olvidado de Gábor, al menos lo suficiente para no cargar nunca más culpa alguna por una relación disfuncional desde el primer momento. Le dejó la casa lista y el desayuno en la mesa. Pasó unos minutos a Nyugati para hacer algo que sintió era lo más natural, despedirse del desprevenido gordito de aspecto bonachón. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó en un tono impropio para alguien que por primera vez se presenta, pero él, contento como si se tratase de una vieja amiga volviendo del exilio, respondió “Yo soy Sándor, ¿y tú?”. Elvira recibió en su pecho una nítida descarga de alegría, que unida a todo lo acontecido la semana anterior, le facilitó elaborar palabras amables y pensamientos serenos. “Te debo muchas Sándor. Vigyázz magadra!* Y dile a tu colega el calladito que se vaya a su casa, que hable con su esposa si tiene, y que se busque otro trabajo si este no le gusta”.
          -¿No nos dices cómo te llamas? ¿A dónde te vas?- Sándor aún sonreía, pero sus ojos cargaban cierta confusión. Elvira ya no se detuvo más tiempo, simplemente contestó con voz jubilosa mientras se dirigía a la salida de la estación: “Llámenme como gusten, ya nos encontraremos; los quiero mucho… Voy a cumplir mis sueños”.


Su nombre es un misterio y por ahora no lo revelará. Sus documentos oficiales contienen una de esas verdades que todo incrédulo de la verdadera pasión prefiere que le digan, sin embargo eso no demuestra nada. Su aspecto es tan noble y armonioso que yo sin dudarlo la llamaré Elvira.





*Vigyázz magadra!: Equivalente a "cuídate (mucho)" en español.