viernes, 25 de septiembre de 2009

Viejo soltero busca

Viejo soltero busca
Waldo
 
La voz se escucha una vez más. Todos los días. Encantadora. Nuestro hermoso mundo, sobrecalentado, sobreexplotado, perfecto y feliz.

¡Buuuuuuuuuuuueeenos días a todos, humanos de pacotilla! Les encanta que se burlen de ustedes, ¿verdad? Pues aquí estoy para eso y más este 22 de Agosto, transmitiendo simultáneamente en todos los idiomas conocidos, con excepción de las lenguas de países económicamente muy jodidos, celebrando diez años ya de bombardear sus neuronas con las más bárbaras idioteces sin que ustedes noten la diferencia entre cierto y falso. De todos modos, ya hace mucho que no notan la diferencia entre cierto y falso. Ya hemos superado todos los records de audiencia de cualquier otra emisora, ninguna nos supera en la tarea de denigrar más y más al decadente género humano.

          Ya lo saben. Mi nombre es Gran Papi Duro transmitiendo desde Supranet, el más aclamado de los medios informativos por su absoluta impertinencia. Con nosotros ves lo que tienes que ver, escuchas lo que tienes que escuchar y no tienes nada que decir pues eres un simple miembro de las masas.

          Fíjense, controlando como controlamos toda la información, nos hemos encontrado con un comiquísimo desplegado de algún idiota primitivo convencido del poder del verdadero amor. ¡Uuuuuf! Vaya ocurrencia. Por un momento supusimos que se trataba de una broma traspapelada por alguno de nuestros empleados de más bajo nivel, pero estuvimos indagando y el tipo que lo escribió de verdad existía. Yo estoy a punto de destornillarme a carcajadas. Lean esto, tienen tres minutos.

21 de Agosto de 2050
VIEJO SOLTERO BUSCA MUJER INTELIGENTE, moderna, audaz, dispuesta a vivir el resto de su vida llena de pasión con un hombre honesto, sencillo, caballeroso, lleno de achaques pero ansioso por brindar todo su cariño y procurar paz y comodidad a su pareja.

          Vivo en un enorme departamento. Este cuenta con una estancia de 25 m2, tres habitaciones de 35 m2 cada una, cocina de 20 m2 con alta y práctica alacena de piso a techo, baño de 15 m2 con coqueta tina. Tengo todos los servicios, incluida la calefacción.

          No es necesario compartir los gastos –aunque no lo descarto– pues he ahorrado durante mucho tiempo para completar esta propuesta, y permitir a esa posible pareja dedicarse a sus propias actividades sin que un sólo minuto se sienta atada al hogar o a mi persona. Además, estoy muy bien acostumbrado a las labores de limpieza, e incluso anhelo compartir sin malas caras la responsabilidad en la crianza de los hijos, en caso que un día llegasen estos.

          Pero por favor, antes de tomar la decisión de vivir conmigo, consideren mi siguiente definición de pasión, pues ya antes he intentado construir un par de relaciones con mujeres que me parecían hermosas en todos sentidos, sin embargo nunca hubo disposición, ni de su lado, ni del mío.  Quiero que esta sea mi última y definitiva oportunidad, y tengo mente y corazón con miras al matrimonio. Ya no deseo ningún malentendido que al poco tiempo les haga cambiar de parecer:
 
Pasión:
La pasión es ese pinchazo cálido sentido en lo más profundo de nuestro corazón pero identificado con la boca del estómago, o con mariposas en el estómago, originado por un legítimo y sublime contacto con otro ser cuya mirada, gesto y palabra despierta en nosotros una emotividad pocas veces expresada con total desembarazo, recreada sólo en sueños o en charlas con buenos amigos. La pasión se compone de dos elementos clave:

          1.    El amor a la vida, esto es, la aceptación de nuestro ser, tal como es, con virtudes, errores, todo tipo de ideas, desatinos, alegrías y tristezas, asimilando nuestro pasado sin renegar de ninguna experiencia, construyendo pacientes y ecuánimes el presente para imaginar y cimentar el futuro que anhelamos. Amor a todo lo que tenemos, familia, amigos, trabajo, a todo lo que conforma este mundo.

          2.    Un claro y real deseo de compartir nuestra vida con esa otra persona especial, fincado en la aceptación del otro ser, tal como es, con virtudes, errores, todo tipo de ideas, desatinos, alegrías y tristezas, asimilando su pasado sin renegar de ninguna experiencia, construyendo pacientes y ecuánimes el presente para imaginar y cimentar el futuro que anhelamos. Amor a todo lo que tiene, familia, amigos, trabajo, a todo lo que conforma este mundo.

          La pasión se puede presentar a primera vista en cualquier momento, ya estemos trabajando, celebrando algo en un buen bar, o de viaje –quienes tienen la fortuna– en un país interesante, de aquí la posibilidad de un amor a primera vista. La pasión puede durar algunas semanas, en algunos casos varios años, luego de ese primer vistazo. Pero si uno de los dos “apasionados”, o ambos, no se conoce bien a sí mismo, no se ama bien, o no tiene el claro y real deseo de compartirse tal cual es, o en definitiva no considera ninguno de los dos elementos, condenará todas sus relaciones de pareja a un final desalentador, y además manchará el resto de su existencia con una sensación permanente de insatisfacción y soledad aterradoras. Aún la pasión debe ser alimentada, apuntalada, en fin, construida y reconstruida todas las horas, todos los días.

          Les suplico consideren esto muy bien antes de llamar a mi puerta de Rákóczi tér 2, porque además de estar convencidas de ello, tendrán que subir tres pisos por las tremendas escaleras del viejo edificio en que me encuentro. Al administrador nunca le importaron las peticiones firmadas por todos los vecinos requiriendo la instalación de un ascensor.
 
          Último detalle, tengo 73 años de edad.
 
          Cariñosamente,

 
¿Qué tal este imbécil? No es necesario saber su nombre. ¿De verdad pensaba conquistar a una mujer así? Había traducciones de este desplegado en húngaro y en inglés que por fortuna jamás se publicaron. No lo habríamos permitido, desde luego. Un simple desesperado, aburrido. Para tener pareja hay que vivir el momento. Pasión, sí claro, cómo no. La pasión está en el momento. ¿Construir la relación? ¡Ja jaja! Tonterías. El momento es el momento. Todo se da o no se da. Punto. Como vivir y morir. Como Sí y No. Uno toma el momento o no lo toma. ¿Quién querría hartarse construyendo algo? Que les quede bien claro, el amor no se construye, está o no está. Punto. Elijan a alguien y vivan su momento.

          Este viejo loco, porque de verdad era un viejo muy loco y muy estúpido, fue localizado por nuestros nanoreporteros, lo hallaron muerto y sólo en su cama, muy romántico con las manos unidas sobre su pecho, vaya ternura; el muy ridículo tenía una vela blanca y gorda encendida haciéndose sólo su propio velorio a la antigua, y muy cerca de su cabeza una guitarra pudriéndose que seguramente nunca aprendió a tocar. ¿No es patético? Ya dejemos esta barbaridad, y demos paso a…

jueves, 24 de septiembre de 2009

Sí, lo siento

Una mujer impaciente, un hombre desorganizado, una buena oportunidad...

Sí, lo siento
Waldo

Lo siento, ¡por supuesto que lo siento!  No te ofrezco una disculpa, aunque así todo el mundo lo interprete, sino al niño que resbaló en el lodo salpicando una falda blanca, al joven que desea decirte tantas cosas, y tocarte, y acariciarte, y cansarte de besos, si acaso esto es posible. Te doy al hombre cuya alma -espíritu, esperanza, pasión, y todos esos términos que se refieren al incomprendido mundo interior de cualquier individuo- está enganchada irremediablemente a cada uno de tus gestos, como el salmón en su brutal desenlace arrastra en cada una de sus escamas la primavera.

          No vengo a decir lo siento lleno de vergüenza, intimidado por amarguras y desencantos que aún no discutimos; vengo a afirmar “Sí, lo siento”, siento tu cansancio, el peso de tu desesperación mordiéndome la mente, la pizca de desesperanza tratando de hender tu voluntad, cada lágrima tuya golpeteando mi orgullo. “Sí, lo siento”, cada mañana de ayuno ganándote la vida, tus combates silenciosos contra la estupidez humana, tu inteligencia desbordando las pequeñeces de un mundo minuto a minuto más frío. “Sí, lo siento”, tus manos blancas, tan excitantes como tiernas, la cercanía de tus piernas suculentas  revolviendo esas sabanas, el aroma de tu deseo atrapándome entre tu cuello y tu barbilla.

          Plenamente. Contigo no hay otra forma. Nadie puede ser tan afortunado. Lo siento plenamente. Y al despertar hay un espacio a mi lado, siempre, y mis cabellos están mecidos, mi espalda arañada, mis muslos tensos… Me tienes, me usas con tanto cariño, con tanto frenesí, me agobias de gestos, muchas veces con feliz encono. Me despierto sin ti, y te llevo conmigo.

          “Sí, lo siento”, lo siento mucho amor, hoy he llegado tarde a casa.

Cruel venganza dulce de resabio amargo

Observaciones y advertencia
El siguiente escrito parece un tanto fuera de contexto en este blog; pertenece a un proyecto más ambicioso en el que sí encaja; podría incluso considerarse como un borrador. Contiene lenguaje sexual explícito. Sin embargo no intenté crear un relato erótico, mucho menos pornográfico, sino, por así decirlo, limpiar uno de tantos recuadros de la ventana tras la que miro hacia el exterior. Debo desempañar bien la ventana, para luego abrirla… A mí me agradó el resultado, aunque el título no me ha convencido tanto. Lo dejo todo a su consideración.


Cruel venganza dulce de resabio amargo
Waldo

Tu estúpida necedad no me permite explayarme a plenitud en lo que hago, por ti, por mí, por la relación, por nuestros planes. Claro, nuestros planes, como si fueran nuestros planes. Todo el tiempo llegando a casa con desgano, ves la televisión, murmuras algo, bebes dos vasos de vodka, y en la cama duermes al otro lado de un muro invisible que no sé cuándo levantaste. O si lo sabía, no había querido hacer caso de él. Porque todas las noches remuevo ya por mala costumbre algunos ladrillos para deslizar mi brazo derecho hasta tu territorio, para intentar colocarlo sobre tu cintura, sobre tu cadera o sobre tus hombros, afanado en demostrarte que puedo ser tu verdadero refugio y protección. He sido estúpido y tenaz en esto. Sin embargo apenas me permites un par de minutos; aún dormida tomas esa actitud insoportable, indiferente; aún dormida usas el pretexto de la incomodidad, del calor inusual emitido por mi cuerpo, sofocante, sumado a las cobijas y al peso de mis extremidades. ¿Qué es el peso de mis extremidades comparado con tu explicable insatisfacción? Si no quieres resolverla es tu problema. Mi peso no es nada, ¡nada! Estás soñando algo espantoso, lo acusan tus movimientos constantes, algo de tu propia oscuridad. Y mañana tu cabeza loca encontrará la causa en nuestra relación decadente. Pero es tu oscuridad, sólo tu oscuridad, la que nunca revelas, como tampoco revelas lo que te devuelve a la calma.

          Estoy cansado de ser condescendiente con tus arranques. Mira que arrojarme al pecho tu bolsa de cosméticos sólo porque no te gustó el juego de las cosquillas. Incapaz de pedir nada, orgullosa. Estoy hasta la madre de tus quejas por todo lo que consideras que otros hacemos mal, como si en verdad tú fueras la única persona capaz de opinar bien, de hacer bien. Estoy hasta la puta madre de verte atravesar la puerta principal de la casa descargando tus frustraciones sobre mí, porque no soy ningún blanco alternativo, sino tu pareja. Te he preguntado no sé cuántas veces, te he sugerido no sé cuántas veces, yo mismo –no me lo creo–, que mi presencia es la causa de todas tus pinches malas ideas, de tus infecciones en la piel, me he ofrecido a apartarme aceptando culpas. Pero no, en realidad la relación es nada más un síntoma de la bárbara oscuridad que te aqueja, y la causa de ella debe estar en otro lado. Comienza a carecer de importancia para mí.


          Te levantas por la mañana sin ilusión, y en ese estado, si por casualidad estoy despierto y te dirijo alguna palabra, no la entiendes, o no quieres escucharla, tú sabrás. Te pones de pie, dejas la recámara, preparas café. Cuando soy yo quien despierta primero, tu reacción es de enfado por el escándalo que hago; bien sabes que me esfuerzo para evitar cualquier sonido, y lo logro, pero tú igual me das la espalda y te cubres hasta las orejas, no soportas mi proximidad. No más dulce despedida matutina dejándote un beso en la frente. He tomado una decisión.
          

          Todo el tiempo sin luz en la casa, ni por la mañana ni por la tarde; por la noche es obligado. Jamás abrimos por completo persianas o cortinas durante el día, como si odiaras la luz. Ese aire de misterio fulgurante que me encadenó cuando nos conocimos, ya no es intenso. En ti no hay seña alguna de creatividad independiente de prejuicios, basas tus comentarios sobre decoración en revistas y emisiones televisivas de jodida calidad, crees interpretar a la perfección el dichoso feng-shui. Tu absoluta organización sería envidiable para cualquier mujer, incluso para cualquier administrador, pero yo sé que es otro de tus intentos por darle sentido a tu existencia acartonada, por justificar esa inteligencia superior que dices aprovechar mucho mejor que el resto de nosotros, simples idiotas incapaces de pensar con lógica. Tus concepciones son válidas, lo demás es basura. Mi decisión se pondrá en marcha la próxima vez que atravieses esa puerta.
 

          Así será. Llego antes que tú a casa, abro las ventanas, cortinas y persianas, limpio todo, pongo orden. Deseo que al entrar te sorprendas. Tu casa estará reluciente, iluminada en su totalidad. La comida estará sobre la mesa, algo sencillo pero servido de corazón, los cubiertos sobre servilletas lilas dobladas en triángulo, plato largo, plato sopero. El sofá cama de la sala tendrá todos los cojines en la secuencia de colores preferida por ti para el verano. Ni en la recámara, ni en el baño habrá uno solo de mis cabellos, sé cuanto detestas estas cosas. La cama estará hecha, y también estarán tus sandalias listas.
 

          Al fin llegas, te veo sonreír por la grata sorpresa, me abrazas y me besas con cierta efusión. Notas las flores en la cocina, en la mesita de centro que semanas atrás decidiste colocar junto al juego de libreros de la sala, a un lado de la puerta de la recámara. Y allá un poco más lejos ves también las flores sobre la mesa del balcón. Parece todo tan hermoso. Te veo sonreír, ya asoma ese comentario tuyo que desencadenará el resto de mis acciones.
 

          Por supuesto, desde tu entrada te trato con cortesía como acostumbro, lo mereces por ser mujer, por ser mi pareja, porque sí. Tomo tu bolso y lo arrojo sobre la cama, con lo cual de forma indirecta te obligo a apreciar por completo tanto orden para garantizar un día maravilloso. No te muestro el baño puesto que tu segundo movimiento automático después de llegar es ir a él para lavar tus manos con agua caliente y eliminar así las asquerosas bacterias del mundo exterior. Sales con la cara aún más radiante, recibo más abrazos y besos. Y lo que sigue por lo regular me echa a perder el día, sin embargo esta ocasión es la clave que espero, comentario absurdo que nunca falta: Bajamos un poco las persianas, no quiero que los vecinos tarados estén espiando.
 

          A ti te encanta tener el control de la situación cuando nos sentamos en ese sofá y comenzamos a tocarnos los muslos, un poco más, tu senos pequeños y firmes, besarte la boca y sentir que no te gustan mis besos, examinar tus pantorrillas. En una tarde normal tú misma cerrarías las persianas para no sentirte observada y pedirme sin tapujos que me desnude, que traiga pero ya los condones, que me siente en el sofá, mientras tú tocas al que llamas amigo, lo presionas, lo acaricias por encima de mi pantalón, me preguntas que por qué no me muevo. Ya sin ropa, tu amigo erguido, veo como deslizas por debajo de la falda tus menudos calzoncillos, hasta el suelo, notas cada vez más ansioso a tu amigo por compartirte sus primeras lágrimas de emoción y empapar las finas fibras rubias que recubren los velos carmesí de tu hambre voluptuosa. En una tarde normal como esta que describo, intentaría quitarte el resto de la ropa pues me gusta admirar tu terso y blanco cuerpo desde todos sus primorosos ángulos, y en esa misma tarde normal me impedirías hacerlo pues tu idea de hacer el amor es terminar en pocos minutos, antes que comience tu telenovela favorita, alcanzar el éxtasis o su parecido, o fingirlo, tú siempre encima de mí con tus rodillas a cada lado de mis caderas, descargando todo el peso de las tuyas sobre mi vientre, una y otra vez, iniciando lenta, aumentando gradualmente la cadencia pero sin generar tanta fuerza que pudiera romper tu sofá nuevo. Tus codos clavados en mis hombros, tu pelvis moviéndose hacia delante, hacia atrás, y ese jugo espeso de aroma enloquecedor escurriendo hasta mis testículos. Tratas de perder mi razón en el menor tiempo posible. “Ven, ven ahora” me dices, y todo queda ahí.
 

          Una vez hecho el comentario, ya no será así. No más. No moveré un centímetro cortinas o persianas. Esta vez te pones de pie dirigiéndote a las ventanas; al instante hago lo mismo y te tomo por detrás las muñecas sin exagerar la energía pues conozco tus reacciones; odias sentirte obligada por alguien, sea quien sea. Te empujo hasta salir juntos al balcón, casi forzándote a apoyar los antebrazos sobre la baranda, ofrezco mis disculpas y traer un poco de vodka con naranja; aceptas. Unos brevísimos instantes me separo de ti para dejar mis pantalones y calzones sobre el respaldo de una silla, conservando nada más la camisa. Tú no lo notas, estás contemplando el jardín y pensando que ahora sí mi locura ha empeorado en serio. Mientras tanto me aproximo sigiloso, recargo mi pesado cuerpo sobre tu espalda, refregando mi cadera contra tu trasero cubierto por ese pantalón viejo color rosa que siempre se ve mugroso a pesar de las lavadas. La dureza del amigo despierta tu interés, él se esfuerza por romper la tela, le sientes acomodarse sobre ella sin progreso en su propósito, pero sí encontrando los pronunciados contornos de cada apetitosa y suave masa de carne, donde comienza la sombra de tu ardor.
 

          Otra sonrisa, traviesa. Llevas tu mano derecha hacia mi abdomen suponiendo que estoy vestido. Adviertes entre tus dedos esos largos filamentos negros, humedecidos. Te enojas mucho, me preguntas si estoy loco mientras te rodeo con mis brazos oprimiéndote con vigor, limitando tus movimientos. Desde luego eres muy fuerte; de antemano sé que intentarás librarte, y mientras defines cómo lograrlo, rasgo tu pantalón rosa metiendo la mano derecha, anticipado a todas tus reacciones, sintiendo con mi dedo medio ese punto donde comienza la zanja de mis delirios, internándome más y más, provocando la tensión de esos músculos que rabiosos se resisten al inusual ataque. Nuestros impulsos combinados no hacen sino acelerar el desgarro de las costuras, me facilitan el tirar de la pieza sin perder en bríos. Dejo descubierta esa suculenta parte posterior tuya, rojiza por el empeño e ira en la defensa, apenas cubierta por un diminuto calzoncillo blanco, fácil de retirar.  Y justo cuando intentas llena de coraje empujarme, sientes la misma mano descarada abriendo trecho hasta ese primer pliegue íntimo, suave y flexible, donde ya mis yemas juegan cosas de adultos libertinos. Estás perdiendo el control de la situación. Querrás ponerte más agresiva, darme una lección, tratarás de pellizcarme la mano izquierda de tal forma que dos gotas de mi sangre manchen el piso. Lo consigues, pero no cedo. Ya estás transpirando ese aroma del celo animal que potencia la imaginación. Persistes en tu lucha, tu rencor no termina aún; yo habré removido un segundo, un tercer velo, mi muñeca bien acomodada sobre ese vecino más tímido, frotándose sobre él al ritmo que marca la danza de la embestida contra tu pudor fútil.
 

          Vendrá un segundo esfuerzo tuyo, con sacudidas encolerizadas, llamándome idiota. Cualquier reacción tuya es para mi lujuria simple invitación a fortalecer la arremetida. Antes que aparezca un tercer esfuerzo, mi mano derecha ya en total arrobamiento lleva sin pensarlo dos veces mi fuste, que certero al primer ensayo quiebra la última resistencia con apenas un vistazo al interior de la fuente de tu universo libido. Por última vez pronunciarás alguna frase de rechazo; yo sin vacilar te tomo por el ombligo con el brazo izquierdo, trayéndote mucho más hacia mí, las piernas bien plantadas sobre las losetas del piso, mis muslos pegados a los tuyos, mi brazo derecho serpenteando hasta sujetar tu hombro pasando debajo de la axila. Aquí se presenta la primera inserción, no es suave, estoy aburrido de ser suave; aunque tampoco es brutal, sino medida, profunda, para robarte el aliento. Ahora una segunda. Mantengo al amigo hundido tan adentro como se puede, acerco mi boca a uno de tus oídos para susurrarte mientras gimes revuelta entre odio y deseo: ¿Quieres comer ahora, o seguimos platicando en el balcón?
 

          Entiendes al instante la propuesta, piensas que será tu oportunidad para volver al interior de la casa y terminar esta estupidez, tramas algo. Eliges comer desde luego. Doy un par de pasos atrás para que puedas girar y avanzar hacia la sala. No te pierdo de vista, no me alejo, todo está calculado. Tu actitud cambia, tramas algo. Me pides cerrar las cortinas. No te escucho. Parados ya frente al televisor reanudo mis ímpetus, te llevo hasta un extremo del sofá tendiéndote boca abajo con el torso al aire, la panza sobre el brazo del mueble. Tal posición deja descubierta una imagen identificada con mis bajas fantasías, un manantial hirviente coronado por una estrella tan cercana que sus rayos son inteligibles. De nuevo tu movimiento está limitado a mis designios, sólo puedes colocar tus manos en el suelo laminado. Yo me coloco sobre tus piernas y la inmovilidad se vuelve casi total. Comienzo a saborear centímetro a centímetro la escena ante mis ojos, con mi lengua inquieta y curiosa, trazando líneas rectas desde la parte posterior de tus rodillas, siguiendo hacia arriba, después haciendo círculos sobre ambos hemisferios a los lados del manantial. Una vez cansado de esto, lavo mi lengua y rostro, retozo vehemente en tus riachuelos floridos mientras mis manos marcan tu espalda con líneas carmesí bajo la blusa que ha sobrevivido la batalla. Las manos se posan al fin en tus caderas para sugerirte que jamás abandonaré las aguas en que estoy sumergido.
 

          Mi lengua sumergida en el manantial. No olvido la estrella. Está tan al alcance. Con mi pulgar izquierdo sigo cada uno de sus rayos. Mi pulgar presiona, quiere hacerse uno con esa belleza todavía infranqueable. Mi lengua consiente en asistir; sin separarse de tu piel se eleva hasta ella, la mima, le comparte las delicias que ha probado más abajo, hasta que aquella comienza a cambiar de aspecto, parece oscurecer, se ensancha, se transforma en un hoyuelo negro deseoso de tragar cuanto le sea ofrecido. Mi pulgar toma la oportunidad, indaga, toma un respiro, se ensarta, una, dos, tres, no sé cuántas veces.
 

          Hasta este punto no me he percatado si has dicho alguna otra cosa, pero es claro que gozas sin remedio. Dices estar ya cansada de la posición. De tu rostro ha desaparecido la rabia, está ensanchado por los miles de vasos sanguíneos que transportan tu deseo carnal hasta el límite. Pides cambiar de sitio. Te pregunto si deseas pasar ya al plato principal. Supones que se trata de un desorbitado juego sexual, encantador; respondes que sí. No imaginas nada. Te recuestas sobre un cojín y esperas mientras me acomodo sobre tu pecho, mis piernas a tus costados, entre tus brazos. Tienes la oportunidad de juguetear cara a cara con tu amigo, mirarlo, provocarlo, besarlo, darle asilo entre la suavidad de tus labios, dentro de tu boca que no sólo sirve para proferir maldiciones a diestra y siniestra. Sujetas mis posaderas, quieres acelerar mi explosión para luego descansar unos momentos. No imaginas nada.

          Termina este acto. Me pongo de pie y me desnudo por completo. Te ordeno hacer lo mismo. No tienes elección, estas excitada como nunca. Ordeno también que te tires boca abajo en el suelo, consientes. Una vez más está visible todo tu sexo, y voy directo a él pero sin prisas. Despacio, a tu manera. Muy adentro y despacio. Se nos escapan suspiros, gemidos, se derrama el sudor. Aumento la velocidad con moderación, me pides venir, me pides más. Te recuerdo aquella fantasía de ambos, penetrándote tan fuerte, arrastrándote por toda la casa, dices “Sí, ahora”. Me agito, incursiones profanadoras. Te cabalgo, llevo las riendas, obedeces sin objetar. No imaginas nada. Tu cabeza está entrando ya a la recámara, mas no sabes dónde estás, estoy logrando perderte. Tus quejidos se escuchan cada vez más agudos. Mi vientre se violenta contra tus nalgas las cuales son a la vez maltratadas por mis manos. Intento derribar el odiado muro invisible.
 

          No hemos terminado. Aun quieres más, y te lo daré. Me desprendo de ti ebrio de deseo, pero sin extraviarme. Permaneces unos segundos en el suelo, tu soberbio cuerpo todo cubierto de motas ardientes. Tomo tu cintura y te ayudo a incorporarte. Quedamos cara a cara. Agarro tus codos, inmovilizándote contra la pared. Me dedico a limpiar algunos segundos tus senos rozándolos con mis mejillas; mi lengua asoma de nuevo, tantea tus pezones que responden lascivos, ligeras mordidas. Me olvido de tus codos para asegurar tus piernas, separándolas, elevándolas hasta mi cadera, aprisionándote entre la pared y mi figura; así tu amigo encuentra de nuevo la entrada al glorioso recinto aún dispuesta a recibirle con todas sus extrañas intenciones. Te ordeno rodear mi cuello  con los brazos, te cargo hacia la cama sin salir de ti, me dejo caer y sigo percutiendo, pausado. Sujeto tus tobillos para colocarlos en mis hombros, me abrazo a tus piernas, duplico la rapidez, podría terminar en ese instante. Pero sería como cederte el control; no está en los planes.
 

          Me adelanto a tus pensamientos. Me detengo. Me acuesto y te ordeno subir. Sonríes extasiada, lo esperabas, tu postura favorita, pero estás despojada de toda autoridad, a mi merced. No imaginas nada.  Tomas con decisión al amigo, lo fijas, le muestras lo que quiere y al fin lo absorbes completo entre nuevos gemidos. “Muévete” digo entonces, tus ojos están cerrados, meneas la cabeza como mareada, como debilitada, “Puedo seguir por horas”. Estás perdida, no puedes parar, apoyas las manos en el colchón, reclinada hacia atrás, oscilas la cadera, contraes los músculos, te aviva notar que miro atento nuestros genitales complaciéndose, se yerguen a tope tus senos. “Ven aquí”, mi última orden, acaricio tus mejillas, beso tu boca, fingiendo ternura. Reinicio mis movimientos pélvicos, acoplándolos a tus evoluciones. Vamos a terminar juntos, no cabe duda. Te abrazo, yaces sobre mi pecho, estamos frenéticos. Gritas, exiges mi venida, no resistes mucho más, suplicas al dios en que no crees, alcanzamos la cima del placer, te digo que te amo, nuestros cuerpos se convulsionan, repito que te amo, y me respondes con la misma frase como si nada.
 

          Duermes relajada, tu sueño es profundo, sin muestra alguna de nerviosismo. Habrá sido nuestro mejor día. Recojo mi ropa, voy a la tina para darme un rápido baño, sin mojar mi cabello. Termino y me visto. Llevo mis zapatos en las manos pues no quiero que nada perturbe tu tranquilidad. Salgo de la casa. No imaginas nada. Todas mis pertenencias estaban en el garaje. Cierro con mucho cuidado la puerta, la aseguro, e introduzco mi copia de las llaves por la ventana de la cocina. Llamo un taxi, luego también introduzco el teléfono por la ventana, pues no es mío, tú me lo habías proporcionado, pero nunca me gustó. Espero diez minutos, luego me largo para siempre de tu lado.

martes, 22 de septiembre de 2009

Elena Flores, El Mar

El mar inundaba sus sentidos, esa brisa salada que tocaba su rostro, sus pies enterrados en la arena, el sonido de las olas, el calor húmedo de aquella ciudad, aquella luna brillando sobre el agua. Detrás de ella las cosas eran diferentes, el sonido de la música de moda y los gritos y risas de la gente que bailaba en aquella pista de baile encima de la arena, la vista de gente bailando, amigos, conocidos, amantes ocasionales.



Ella misma pertenecía a ese mundo y al mismo tiempo se sentía ajena, sabía que su tiempo ahí era corto, su familia y amigos no se encontraban ahí, pero estaban los nuevos amigos que se convertían en familia. Sonreía a ellos, observaba como bailaban, como coqueteaban con aquel extranjero que buscaba la aventura de una noche, como al bailar, la danza se convertía en una invitación al sexo, como buscando llenar esa soledad que había llegado cuando decidieron mudarse a una ciudad extraña.


Se veía a sí misma moviéndose en la pista de baile, cantando y bailando al mismo ritmo de los demás, mientras aquel extranjero intentaba conquistarla con palabras en un dulce Italiano. Dentro de ella recordaba aquel rostro, de un hombre al que había querido y había roto su corazón, ya que después de varios años llevaba clavado en la mente y en el corazón.


Tal vez aceptaría un beso o dos, tal vez aceptaría compartir su cama solo por esa noche, para mitigar el dolor de su corazón y llenar la soledad, mañana serían dos extraños no se volverían a ver, tal vez recordarían esa noche, tal vez harían como si nada hubiera pasado.


El mar inundaba sus sentidos, esa brisa salada que tocaba su rostro, sus pies enterrados en la arena, el sonido de las olas, el calor húmedo de aquella ciudad, aquel sol que asomaba en el horizonte anunciando un día más.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Hoy hablé con una madre

Hoy hablé con una madre
Waldo Zacaula

Más de una vez platicando con algunos de mis amigos comenté que una madre, o un padre, que no demuestra jamás a un hijo cuanto le ama, cuanto le procura, que ni siquiera se toma el tiempo para jugar, para charlar o tan sólo para caminar junto a su pequeño o pequeña sobre el arenal, no debe esperar muestras de amor por parte de ese ser que crecerá sin una motivación alguna para expresar sus sentimientos. Sin embargo hoy he sentido la cosa más dolorosa que podría transmitir una madre, una mirada lacrimosa de frustración y desesperanza por saber que jamás recuperará, ya no digamos el amor, sino el respeto de una hija.

          En el mundo en que vivimos ninguna madre es la primera ni la última en descuidar a un hijo por brindarle estabilidad material. Todos hemos escuchado la frase “es difícil ser madre” pero sin prestarle atención. He podido escuchar a muchos padres diciendo lo mucho que hacen para que sus hijos no pasen vicisitudes, para darles la mejor educación, en fin, para satisfacer todas sus necesidades y evitarles los dolores o penas de las experiencias propias. También, al menos en mi país, con frecuencia se dice “nadie nace sabiendo ser padre”.

          Y nosotros no somos nadie para juzgar a los demás. Juzgar es de las peores costumbres adquiridas por nosotros los seres –dizque– humanos, la hemos estado puliendo por siglos, y para mayor desgracia, a partir de ella hemos generado prejuicios que cuentan ya con raíces profundas en nuestra formación individual y colectiva. Me parece ilógico, continuando con el tema de las madres, juzgar a una mujer cuya personalidad se ha desarrollado en medio de circunstancias de diversa índole y no siempre o necesariamente bajo su control. Podemos hablar de los problemas de salud de una comunidad, de una mala administración gubernamental, de nuestra culpa en el calentamiento global. Pero juzgar a una madre, expresarle resentimiento, odio, indiferencia… Sería mejor no tener contacto alguno con ella y en el fuero interno juzgarnos a nosotros mismos por amargarnos con el fermento de tales desmanes. Manifestar estas emociones destructivas directamente a la madre, en público o en privado no cambia en lo más mínimo los hechos, sólo incrementa nuestro desasosiego.

          Me recibió con una enorme sonrisa, por completo imprevista para mí, pues yo esperaba una actitud nerviosa, un tanto desconfiada, después de todo ya no soy su yerno. Sus pasos cortos, casi sobre las puntas, volteando a verme cada dos segundos como temiendo que pudiera golpearme con la puerta o resbalar en las escaleras. Me ofreció las sandalias, tomó mi mochila, me invitó a sentarme en la cocina mientras ella preparaba nuestra comida –sí, sin saberlo yo estaba invitado a comer–, me ofreció zumo de naranja, de toronja, de piña, agua mineral con o sin gas. Comenzamos a charlar de mi nueva habitación, me preguntaba por el agua caliente, por la lavadora, por mis necesidades de alimento y ropa, por la actitud de mis compañeros de departamento. Al enterarse con exactitud dónde vivo, con ese rubor de la moral y buenas costumbres en sus mejillas, me comentó algo que yo sabía, me encuentro en una vieja zona famosa por sus prostitutas. Ella esperaba que ninguna me hubiera abordado en todo este tiempo, y por supuesto confirmé el hecho para su tranquilidad.

          Llegó el tema obligado, el “nosotros” que no va más. Como pude le expliqué mi versión de la historia. Fue entonces que comenzó esa mirada. ¡Dios! Fue un momento angustiante, prolongado, revelador. Sólo con mi propia madre había sentido aquello. Me he llevado una impresión tremenda y no puedo otra cosa sino admirar: las lágrimas estaban ahí recubriendo por completo sus córneas, sin embargo no resbalaban. Ella no lo permitía. Nuestras miradas se cruzaron y permanecieron así largo rato al hablar. La charla giró hacia su actitud durante la infancia de su hija; no dejo de sorprenderme. Su valor aceptando las escasas horas en casa, su dolor al reconocer la escasez de cariño, más preocupada por trabajar y tener todos los recursos necesarios para un futuro no lejano. Y las lágrimas aún no resbalaban. Su rostro por fracciones de segundo se desencajaba. Volvía la sonrisa de inmediato. Sensaciones encontradas dibujadas en sus labios al recordar a tan tranquila, tan linda, pequeña sentada en un sofá que levantaba sus piernitas para que mamá pasara la escoba o la aspiradora. Madre fatigada al terminar la jornada diaria, sin mucha energía para cosquillas, para correteos, para ver a su princesa ensuciando la ropa nueva en el jardín o para guiar su mano en las tareas de la escuela elemental. Madre angustiada, sofocada por las presiones del trabajo, por los cáusticos comentarios de su propia madre, abuela exigente, sobre la apariencia, sobre el matrimonio, sobre la educación de la nieta. Madre de los momentos que se le escaparon de las manos, del divorcio siempre cruel aún si se intenta todo por no afectar a la pequeña. Madre insegura, deseosa, soñando con viajes por el mundo pero cansada y triste para realizarlos. Madre solitaria, nerviosa de intentar una confrontación con esa soledad, la del segundo marido cuyo hijo no fue en absoluto la mejor compañía para su nena hermosa.

          No cayeron sus lágrimas, soportó hasta el final de nuestra reunión. El fracaso que yo le refería es para ella un eslabón más en su pesada cadena de culpas, pues no tiene idea de cómo podría acercarse a su niña y aconsejarle, aquélla ahora bella e inteligente mujer, de buen corazón pero hermética. Sus intentos todos resultan en rechazo. Advierte que es muy tarde para lograr algún cambio. Menciona que el hermetismo es cosa genética pues ella tampoco revela con facilidad sus sentimientos en palabras. Eso, no con palabras. Mas al verla en acción, me queda claro que si hubiera decidido no hablar ni un segundo de su vida, la expresividad de sus ojos lo habría dicho todo por igual. Firme hasta el fin, escarbando entre sus errores para hallar alguna posibilidad, dando el apoyo económico siempre que lo requiera ese ser al que adora, a sabiendas que no logrará nada con ello excepto permitirle una vida más o menos holgada, independiente, e impenetrable. Último consuelo.

          No cayeron sus lágrimas, terminó de freír cuatro piezas de carne empanizada, de servir finas rebanadas de pepino para la ensalada, disculpándose por la tardanza e inexperiencia en la cocina, además de confesarse floja, cosa extraña puesto que guisa delicioso y es siempre la mejor anfitriona. Cierto, su nerviosismo es de llamar la atención, revela una manía por esmerarse hasta en el más diminuto detalle de orden y limpieza; sin embargo tampoco eso es criticable dado que se basa en una gran humildad, desea servir, se le nota feliz con ello.

          En definitiva, no es fácil ser madre. Y la carga se duplica al contemplar los errores del pasado sin una esperanza de remediar las consecuencias. Madre, y ante todo, ser. Podríamos decir que nada justifica un error grave como el olvidarse de los hijos. Pero al menos en el papel, toda mujer y hombre -como hijos- tienen conciencia, inteligencia, razonamiento, herramientas funcionales para superar retos como la obtención de un buen empleo, pero que pocas veces usamos para superar nuestros fantasmas internos, nuestras furias desencadenadas, nuestro miedo a los cambios. Tan seguros estamos que el mundo es como lo vemos nosotros y nada más nosotros, individuos.

           Estuve sentado a la mesa de una madre, no un modelo de madre, sino una mujer sencilla, cariñosa, dispuesta a seguir recibiendo tantos golpes como la vida quiera darle por no haber sido la figura tierna, organizada y protectora que un niño necesita. Estuve sentado con una mujer maravillosa para quien no tengo más que un enorme agradecimiento, porque sin conocerme a fondo me aceptó desde el principio, esperando que fuese la felicidad de su hija. Y por un domingo entero fui su segundo vástago y me compartió ese tiempo materno que tanto he extrañado lejos de mi propia familia.

          Me retracto de mis palabras, me juzgo por mis prejuicios. Es un orgullo tener una madre fuerte que contiene sus lágrimas tornándolas en sonrisas de alivio y pujanza para sus seres amados, capaz de transmitirte todo con una mirada, y estar aún en la distancia tirando de tus orejas para mostrarte un camino. Hablé de frente con una madre, luego le invité un helado.