viernes, 16 de octubre de 2009

Deseo con rostro de Elvira. Parte I

Viaje a un infinito que no conocía, todo en dos horas de miradas y sonrisas cómplices.
Gracias a una desconocida, que permanecerá desconocida para mí, se me ocurrió este relato...



Deseo con rostro de Elvira.   Parte I

Su nombre es un misterio. Lo más probable es que sólo ella y su achacoso marido sepan el verdadero y nada hace pensar que lo revelarán. Tal vez sus más viejos amigos, aunque nunca se les ha visto acompañados por amigos. En la estación nadie tiene la menor idea. Él se hace llamar Gábor, así nadie le cuestiona; habiendo tantos en Hungría, un Gábor más sentado tras una pequeña mesa de madera y cobrando cien forintos por la entrada a un baño, no representa algo especial. De ella, nada en absoluto.
 
          Algunos piensan que ella oculta su verdadera identidad por la vergüenza de salir a la calle con un marido como el suyo, flaco de hombros caídos como abrumado por la herencia del comunismo y la creciente miseria del poscomunismo, sin control sobre una tos seca y nicótica, con las barbas desarregladas como un alboroto de hormigas descoloridas corriendo alarmadas en todas direcciones, emitiendo un aroma rancio de varios días de tabaco y alcohol, llevando y trayendo cervezas, vino, pálinka, todos los fines de semana. Apenas termina su jornada en la estación de trenes Nyugati  y su primer pensamiento es cruzar la avenida hacia Kaiser’s para comprar dos cajetillas de Multifilter, de no muy buen sabor pero baratos, y sus bebidas desde luego. Es una exageración pensar tal cosa de ella, está claro que tienen al menos unos veinte años juntos. La parsimonia -de sus dobles besos al aire, de sus saludos con media sonrisa, de sus dos pasitos delante del marido- no miente. Mínimo veinte años. Yo pienso que se llama Elvira.

          Ella llega a la estación el sábado por la mañana y espera. A veces compra un par de boletos para el tren a Esztergom, boletos con descuento para un tren con asientos de primera clase que ni el más decente viajero respeta. Un poco de comodidad no está mal para ella, y al marido le sienta mejor aún. Siempre bajan juntos en alguno de esos pueblos cuyo nombre comienza con Pilis, y parece que hubiera tantos Pilis como Gábors. Aún no comprendo el significado de Pilis, tal vez es algo bonito, o algo tranquilo, o algo verde y espeso, o algo recóndito; hay varios tipos de árboles frutales en Pilis, y casi todos los abuelos saben preparar mermeladas, vinos, conservas; muchos abuelos simpáticos que sonríen, preguntan, contestan, y olvidan. Sitio ideal para esta pareja. 
 
          Elvira muestra si es necesario un documento extraño que siempre porta en un pequeño bolso tejido a mano de color verde, gastado en los extremos, colgado al cuello entre la blusa y una ligera chaqueta deportiva. El inspector desdobla el papel, mira al viejo enfermo, acepta el boleto de ella y de inmediato aborda a los siguientes pasajeros. Ignoro el contenido, mas debe ser algo delicado a juzgar por la reacción de los trabajadores del tren, entre el desconcierto, el temor a un contagio y ciertas ocasiones el asco. Por supuesto se trata de alguna mentira, pero mejor causar una desagradable impresión que pagar tarifas enteras.  El deplorable aspecto del hombre basta para despejar cualquier duda, pues luce casi tan mal como un anciano de ochenta años cuya familia ha extraviado en alguna calle. Y esa tos.

          Pagar por el transporte en Hungría es algo absurdo para Elvira. Opina que si las cosas van cada vez peor en el país, y nadie le da importancia a nada, entonces uno debe aprovecharse de todo y de todos, sin mentir o robar cínicamente porque eso es de policías y políticos, entre otros personajes distinguidos. La desidia nacional queda confirmada, según ella, en las malas noticias de todos los días en la televisión, y en los empleados de la estación de trenes. En la televisión, la misma rutina, accidentes de borrachos, problemas con gitanos, alergias y brotes de influenza, roces con Eslovaquia, legislación de la Unión Europea; esperas unos días, cambias de canal y la misma jerga, accidentes de borrachos, problemas con gitanos, alergias y brotes de influenza, roces con Eslovaquia, legislación de la Unión Europea.

          Ni qué decir de Nyugati. Ningún empleado en verdad cumple su función; quizá su marido sí cumple, casi siempre está sentado junto a la puerta del baño fumando, pero no es en realidad un empleado de la compañía operadora del transporte público. Varias decenas de personas, todos los días, ocupan un asiento en los vagones sin pagar boleto, algunos tienen el descaro de mostrar uno de días anteriores al desprevenido gordito de aspecto bonachón cuya tarea de vigilar el acceso a los andenes se define por la cantidad de cigarrillos que fuma o comparte con los compañeros, y por su amena narración de los goles del equipo de sus amores, el Manchester United. Bueno, este sujeto es el ejemplo más evidente. Ahí está aquel otro calladito imitando a la pistola lectora de códigos de barras; la diferencia entre la pistola y el calladito es que aquella emite un bip al reconocer un producto vendido, y éste solo repite “gracias, gracias…” sin verificar la validez de ningún papelito impreso.

          Una vez dentro de los vagones, si los inspectores se aproximan demasiado, los entendidos caminan al siguiente coche o bajan en la parada más próxima a esperar el siguiente tren. Sin embargo, tampoco esos inspectores de viaje parecen muy preocupados por cumplir su trabajo. Algunos de ellos atraviesan vagón por vagón apenas mirando de reojo, pretendiendo amedrentar a chicos imberbes de esos que portan botellas de pezsgő o latas de cerveza, o a los gitanos, o a aquellos extranjeros con rostro de infinita duda. Comienzan por la cabina del conductor con quien platican varios minutos, abren puertas para entrar, cierran puertas al pasar, bajan cuando se detiene el tren en alguna estación, muestran al conductor una señal circular verde cuando ya nadie sube o baja, indicando que se puede reanudar el viaje. Son apenas tres o cuatro los estrictos que revisan persona por persona, boleto por boleto, vagón por vagón, pero claro, jamás les alcanza el tiempo.

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