Este día
Waldo Zacaula
Este día, cualquier día, comienza siendo absolutamente nada. No tengo que ser el mejor hijo, o el mejor hermano, no tengo que ser el mejor estudiante y compañero, no tengo que llegar a mi cita con Ana a las cinco de la tarde. No tengo porque alegrarme de que haya un cielo azul salpicado de impotentes nubes empujadas por un viento refrescante, ni sentir felicidad o tranquilidad por estar sentado disfrutando unos cuantos minutos de relajación en este parque, bebiendo un refresco de cola bajo las sombras tenues producidas por un despiadado sol, que hoy se levantó de buenas sobre estos viejos encinos. Es mas, por alguna razón siento que este día no existe.
Apenas te despiertas y ya estas pensando que cosa ponerte para por lo menos no salir en calzones a la sala, en bóxers como se acostumbra ahora, cuando lo más natural seria salir así, después de todo mi casa es mi casa; de acuerdo, es propiedad de mis padres, ellos la compraron. Como sea, es un espacio en que dos seres queridos me han solapado hasta en lo más absurdo, porque con eso, según yo, me convertiría en una persona de verdad, incapaz de colgarme del techo con una corbata gris o con un cinturón negro de piel. Por fortuna perdí mi último cinturón y nunca me ha gustado vestir formalmente.
“Buenos días cuñao” me dice el gringo con una enorme sonrisa que le devuelvo mientras estrecho su mano. En realidad no me parece gracioso ni me interesa saber ni cómo ni dónde aprendió la frasecita. Soporto porque de eso se trata este trabajo, de soportar la ignorancia, y no sólo la de los extranjeros que tanto daño le hacen a mi lengua, también la de los jefes; por eso ningún día puede ser mejor que otro. Siempre hay algún prepotente que por dirigir un negocio con buenos resultados, aprovechándose de la necesidad de otros, se piensa más inteligente, superior al resto, señor de un feudo que se expande sobre el mundo por los tantos miles de pesos diarios que se embolsa. Y mientras, uno caminando bajo este calor de la fregada junto al extraño que no sabe hablar de otra cosa que no sea su granja en Wisconsin. Maldito país aquél. Pocas excepciones.
Al fin termina esta mierda. Pero no la desgracia. En el parque el gerente me indicó que deseaba hablar conmigo, y aquí estoy a seis pasos de su oficina; más gringos. El tipo aún no llega. Me encantaría saber cómo le permitieron destruir la estructura de este antiguo convento y construir esta escuelita. Aunque no debería sorprenderme, si a todos los funcionarios públicos les urge la lana y otorgan licencias al mejor postor. Tres años en un cargo, o algo así, les deben parecer poco tiempo para llevarse una buena rebanada del pastel, y a ninguno le interesa pensar en otro futuro que no sea el suyo, el cual pueden resolver en unos cuantos meses de rapiña. Un jardín, mejor dicho, un garaje sin chiste. Aquí llega el hombre.
Lo que faltaba, sabe que salí hace una semana con una de las estudiantes y dice que lo siente pero debe cumplir con las reglas y prescindir de mis servicios. Si supiera…. Si supiera también cuan poco me importa su trabajo. Todos trabajan por el dinero, no por el trabajo en sí. Poco dura el dinero, poco me duró cuando salí con ella, pero fui feliz, intensamente, hasta que partió para Irlanda. Sin un quinto y solo; al menos no tengo que soportar a una amargada esposa con aires de emperatriz como le pasa a este sujeto. La liquidación no estuvo tan mal.
Pensándolo mejor, de nada me servirá lo que me dieron. Pinche día. Mis padres ya son viejos, papá se cansa mucho más rápido que nunca. A veces llego a las seis y él ya ronca frente al televisor mientras mamá limpia los últimos trastes de la comida. Mis hermanos no tienen trabajo; todos comemos como pelones de hospicio. Pinches todos los días. ¿A dónde vamos a parar todos andando como idos por las calles, buscando un peso más para pagar deudas, para los impuestos que nunca sabemos en manos de quien terminan, para esos gustos momentáneos como los helados o el cine, para satisfacer a la pareja con flores, chocolates o cafés? ¿A dónde voy a parar yo con tanta cosa en la cabeza y sin una idea de lo que quiero para mañana, con esta juventud que ni a medias he aprovechado, viviendo de lo que me cae todos los días y sin saber lo que es un ahorro?
Es hora de comer. Igual. Todos caminan apurados tratando de rebasar a los minutos que parecen correr infinitamente en relevos, burlándose de nosotros. Quizá debería hacer lo mismo y pensar como todos que así aprovecho el tiempo. Que estupidez, si yo ya había decidido que el hoy, o el ayer, o el mañana, no significan nada. Puedo simplemente correr, correr sin más, sin motivo alguno, de aquí hasta la casa. Sudaré mucho, me faltará el aliento, tal vez si golpeo a algún fulano le diré rápidamente ‘lo siento’. Nada de eso importa pues seguro el aire correrá más ágil a mi alrededor y los pesados rayos del sol apenas tendrán tiempo de iluminarme. Sí mamá, termino de comer y lavo los trastes. Sí papá, al rato con gusto te acompaño a la bodega; por supuesto que llevo a Lalo al fútbol. Eso es, más y más rápido, por ahí debo comenzar; y mañana ya no le quedo mal a Ana, luego busco un mejor trabajo, me esfuerzo un poco más y... No chingues...
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Este es como cualquier día, nunca pasa nada nuevo, quizá decir día equivale a decir nada. No soy precisamente una buena persona, de hecho me parece que eso piensan todos una vez que me despido y doy la vuelta para marcharme. Pero no me importa, de cualquier forma no cambiaría, ni por ese hombre tan guapo que me hizo un guiño allá en el parque hace un par de horas; al menos creo que me guiñó. La vida está jodida, el mundo está jodido. ¿Que qué pasa? Que todas las mañanas comienza la misma rutina. Te das un baño, te vistes decentemente sólo para no parecer informal, sonríes casi hipócritamente al llegar al trabajo, y luego a atender al montón de gente que se hospeda en el hotel, adultos pedantes, niños malcriados que juegan con la tierra de las macetas por los corredores, viejas presumidas que usan una mitad del maquillaje para rellenarse las arrugas y la otra mitad para ponerse una máscara de supermodelo venida a menos. Días y días de la puritita fregada, y una tras la barra esperando que la jornada se acabe. Insoportable. Por fortuna esta ya acabó. Son días perdidos. Me siento perdida. Problemas en casa, mis papás enfermos, chingaderas del trabajo, embarazada de un ojete, dinero que no alcanza. Pero no sé si yo tendría tanto valor para echarme a correr como loca y arrojarme al paso de una ruta setenta y seis como aquel tipo.
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