lunes, 21 de septiembre de 2009

Hoy hablé con una madre

Hoy hablé con una madre
Waldo Zacaula

Más de una vez platicando con algunos de mis amigos comenté que una madre, o un padre, que no demuestra jamás a un hijo cuanto le ama, cuanto le procura, que ni siquiera se toma el tiempo para jugar, para charlar o tan sólo para caminar junto a su pequeño o pequeña sobre el arenal, no debe esperar muestras de amor por parte de ese ser que crecerá sin una motivación alguna para expresar sus sentimientos. Sin embargo hoy he sentido la cosa más dolorosa que podría transmitir una madre, una mirada lacrimosa de frustración y desesperanza por saber que jamás recuperará, ya no digamos el amor, sino el respeto de una hija.

          En el mundo en que vivimos ninguna madre es la primera ni la última en descuidar a un hijo por brindarle estabilidad material. Todos hemos escuchado la frase “es difícil ser madre” pero sin prestarle atención. He podido escuchar a muchos padres diciendo lo mucho que hacen para que sus hijos no pasen vicisitudes, para darles la mejor educación, en fin, para satisfacer todas sus necesidades y evitarles los dolores o penas de las experiencias propias. También, al menos en mi país, con frecuencia se dice “nadie nace sabiendo ser padre”.

          Y nosotros no somos nadie para juzgar a los demás. Juzgar es de las peores costumbres adquiridas por nosotros los seres –dizque– humanos, la hemos estado puliendo por siglos, y para mayor desgracia, a partir de ella hemos generado prejuicios que cuentan ya con raíces profundas en nuestra formación individual y colectiva. Me parece ilógico, continuando con el tema de las madres, juzgar a una mujer cuya personalidad se ha desarrollado en medio de circunstancias de diversa índole y no siempre o necesariamente bajo su control. Podemos hablar de los problemas de salud de una comunidad, de una mala administración gubernamental, de nuestra culpa en el calentamiento global. Pero juzgar a una madre, expresarle resentimiento, odio, indiferencia… Sería mejor no tener contacto alguno con ella y en el fuero interno juzgarnos a nosotros mismos por amargarnos con el fermento de tales desmanes. Manifestar estas emociones destructivas directamente a la madre, en público o en privado no cambia en lo más mínimo los hechos, sólo incrementa nuestro desasosiego.

          Me recibió con una enorme sonrisa, por completo imprevista para mí, pues yo esperaba una actitud nerviosa, un tanto desconfiada, después de todo ya no soy su yerno. Sus pasos cortos, casi sobre las puntas, volteando a verme cada dos segundos como temiendo que pudiera golpearme con la puerta o resbalar en las escaleras. Me ofreció las sandalias, tomó mi mochila, me invitó a sentarme en la cocina mientras ella preparaba nuestra comida –sí, sin saberlo yo estaba invitado a comer–, me ofreció zumo de naranja, de toronja, de piña, agua mineral con o sin gas. Comenzamos a charlar de mi nueva habitación, me preguntaba por el agua caliente, por la lavadora, por mis necesidades de alimento y ropa, por la actitud de mis compañeros de departamento. Al enterarse con exactitud dónde vivo, con ese rubor de la moral y buenas costumbres en sus mejillas, me comentó algo que yo sabía, me encuentro en una vieja zona famosa por sus prostitutas. Ella esperaba que ninguna me hubiera abordado en todo este tiempo, y por supuesto confirmé el hecho para su tranquilidad.

          Llegó el tema obligado, el “nosotros” que no va más. Como pude le expliqué mi versión de la historia. Fue entonces que comenzó esa mirada. ¡Dios! Fue un momento angustiante, prolongado, revelador. Sólo con mi propia madre había sentido aquello. Me he llevado una impresión tremenda y no puedo otra cosa sino admirar: las lágrimas estaban ahí recubriendo por completo sus córneas, sin embargo no resbalaban. Ella no lo permitía. Nuestras miradas se cruzaron y permanecieron así largo rato al hablar. La charla giró hacia su actitud durante la infancia de su hija; no dejo de sorprenderme. Su valor aceptando las escasas horas en casa, su dolor al reconocer la escasez de cariño, más preocupada por trabajar y tener todos los recursos necesarios para un futuro no lejano. Y las lágrimas aún no resbalaban. Su rostro por fracciones de segundo se desencajaba. Volvía la sonrisa de inmediato. Sensaciones encontradas dibujadas en sus labios al recordar a tan tranquila, tan linda, pequeña sentada en un sofá que levantaba sus piernitas para que mamá pasara la escoba o la aspiradora. Madre fatigada al terminar la jornada diaria, sin mucha energía para cosquillas, para correteos, para ver a su princesa ensuciando la ropa nueva en el jardín o para guiar su mano en las tareas de la escuela elemental. Madre angustiada, sofocada por las presiones del trabajo, por los cáusticos comentarios de su propia madre, abuela exigente, sobre la apariencia, sobre el matrimonio, sobre la educación de la nieta. Madre de los momentos que se le escaparon de las manos, del divorcio siempre cruel aún si se intenta todo por no afectar a la pequeña. Madre insegura, deseosa, soñando con viajes por el mundo pero cansada y triste para realizarlos. Madre solitaria, nerviosa de intentar una confrontación con esa soledad, la del segundo marido cuyo hijo no fue en absoluto la mejor compañía para su nena hermosa.

          No cayeron sus lágrimas, soportó hasta el final de nuestra reunión. El fracaso que yo le refería es para ella un eslabón más en su pesada cadena de culpas, pues no tiene idea de cómo podría acercarse a su niña y aconsejarle, aquélla ahora bella e inteligente mujer, de buen corazón pero hermética. Sus intentos todos resultan en rechazo. Advierte que es muy tarde para lograr algún cambio. Menciona que el hermetismo es cosa genética pues ella tampoco revela con facilidad sus sentimientos en palabras. Eso, no con palabras. Mas al verla en acción, me queda claro que si hubiera decidido no hablar ni un segundo de su vida, la expresividad de sus ojos lo habría dicho todo por igual. Firme hasta el fin, escarbando entre sus errores para hallar alguna posibilidad, dando el apoyo económico siempre que lo requiera ese ser al que adora, a sabiendas que no logrará nada con ello excepto permitirle una vida más o menos holgada, independiente, e impenetrable. Último consuelo.

          No cayeron sus lágrimas, terminó de freír cuatro piezas de carne empanizada, de servir finas rebanadas de pepino para la ensalada, disculpándose por la tardanza e inexperiencia en la cocina, además de confesarse floja, cosa extraña puesto que guisa delicioso y es siempre la mejor anfitriona. Cierto, su nerviosismo es de llamar la atención, revela una manía por esmerarse hasta en el más diminuto detalle de orden y limpieza; sin embargo tampoco eso es criticable dado que se basa en una gran humildad, desea servir, se le nota feliz con ello.

          En definitiva, no es fácil ser madre. Y la carga se duplica al contemplar los errores del pasado sin una esperanza de remediar las consecuencias. Madre, y ante todo, ser. Podríamos decir que nada justifica un error grave como el olvidarse de los hijos. Pero al menos en el papel, toda mujer y hombre -como hijos- tienen conciencia, inteligencia, razonamiento, herramientas funcionales para superar retos como la obtención de un buen empleo, pero que pocas veces usamos para superar nuestros fantasmas internos, nuestras furias desencadenadas, nuestro miedo a los cambios. Tan seguros estamos que el mundo es como lo vemos nosotros y nada más nosotros, individuos.

           Estuve sentado a la mesa de una madre, no un modelo de madre, sino una mujer sencilla, cariñosa, dispuesta a seguir recibiendo tantos golpes como la vida quiera darle por no haber sido la figura tierna, organizada y protectora que un niño necesita. Estuve sentado con una mujer maravillosa para quien no tengo más que un enorme agradecimiento, porque sin conocerme a fondo me aceptó desde el principio, esperando que fuese la felicidad de su hija. Y por un domingo entero fui su segundo vástago y me compartió ese tiempo materno que tanto he extrañado lejos de mi propia familia.

          Me retracto de mis palabras, me juzgo por mis prejuicios. Es un orgullo tener una madre fuerte que contiene sus lágrimas tornándolas en sonrisas de alivio y pujanza para sus seres amados, capaz de transmitirte todo con una mirada, y estar aún en la distancia tirando de tus orejas para mostrarte un camino. Hablé de frente con una madre, luego le invité un helado.

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