Deseo con rostro de Elvira. Parte III
Alejandro ha bajado de peso unos diez kilos en tan sólo cinco semanas. Eso hace un ritmo de dos kilos por semana. No es algo preciso; ni siquiera está seguro de haber bajado tantos kilos. Aún se siente panzón, con la diferencia de que aquel largo cinturón que se comprara en Madrid para una cintura talla treinta y seis que le iba a la perfección, ahora le sujeta los pantalones si tira mas fuerte del cuero a través de la hebilla hasta insertar la aguja en el último agujerito. Alejandro no puede definir si esto es bueno o malo para su salud, está aturdido y no recuerda ninguna recomendación materna, como tampoco puede sentir si disfruta este corto viaje a Esztergom, primera cosa que planea con seriedad en su vida; aunque en el fondo sabe que es un recurso casi desesperado por quebrar de golpe una losa de amargura que se hace más pesada cada día transcurrido sin tomar una decisión definitiva sobre sus planes personales y su situación un tanto incómoda en Budapest.
La expresión de su rostro es la de quién ha perdido algo valioso dentro de un sitio poco concurrido, donde aún existe la posibilidad de encontrarlo, pero sin saber con exactitud qué es ese algo aún teniendo motivos, fechas, detalles, nombres. Dice tener claro lo que desea hacer con su vida luego de su reciente fracaso en pareja, y tal vez es cierto, no deja pasar un día sin leer un poco de húngaro, o escribir mensajes en húngaro a sus contados amigos locales, lo cual responde a su intención de aprender lo mejor posible la lengua y establecerse en el país. Pero sólo tal vez. Lo demás permanece en puntos suspensivos. Más pronto de lo que esperaba perderá su actual trabajo debido a ciertos cambios anunciados con anticipación por el departamento de recursos humanos, y no hace mayor esfuerzo por encontrar otro a pesar de tener alguna posibilidad. El hecho de que será liquidado aún siendo uno de los mejores empleados de la empresa, lo ve como un epitafio enorme y cruel grabado sobre la de por si inaguantable losa.
Hace fotografías de todo, animado por la idea de, al menos, llevarse a su natal Puebla los mejores detalles de un mundo diferente al que no había llegado por una simple aventura amorosa de verano. Padres, hermanos, amigos, trabajo, universidad, y hasta una promesa de matrimonio, todo había dejado atrás para ajustar su respiración y ritmo cardiaco al nuevo clima, a nuevos amigos, a nuevas costumbres y distancias entre paisajes unívocos, a una mujer buena de mal talante. Pero algo no aclarado todavía cortó de tajo los planes.
En un papel ha escrito una lista enumerando cada pro, cada contra, en principio para martirizarse buscando explicaciones. Al final terminó por doblar el papel y quemarlo, en medio de un ritual íntimo que aprendió de su hermano José dos años atrás, para ser realizado la primera hora del Año Nuevo. La idea es anotar en hojas diferentes lo que uno desea ser, y lo que se desea eliminar. El fuego debe llevarse aquello que no le permite a uno hacer su vida; Alejandro puso todo en la misma hoja, por olvido o frustración, o por ambos, y lo quemó todo durante unos minutos solitarios de septiembre, después de una noche entera de juerga latina recorriendo bares por algunas calles aledañas a la parada del tranvía en Oktogon.
Cuarenta y cinco minutos para tomar un par de fotos en la estación Nyugati. Nada que valga mucho la pena en el lugar, salvo por ese tren rojo. Dicen que tiene sección de primera clase, lo cual tampoco es muy importante. Alejandro sabe ya por experiencia que es acostumbrado sentarse donde plazca, por ello sube con bastante anticipación a la hora de partida y busca un buen sitio cerca de la cabina del maquinista, en la sección de primera clase desde luego; saca de su bolsa el Arráncame la vida de su querida Ángeles Mastretta, a quien espera saludar y preguntar tantas cosas un día, otro día, cuando vuelva a México con mejor estado de ánimo.
Una mujer de voz erosionada y pastosa a la vez interrumpe con una pregunta los diálogos que entretienen a Alejandro, esos de Catalina con su marido el General Ascencio, cosas de poblanos que él entiende. Responde a la voz con un sí medio arrastrado, sin amabilidad y demostrando que preferiría viajar sin compañía. La dueña de aquella voz no entiende la indirecta pues, cuando al fin Alejandro levanta la vista ella mira hacia el andén dejando ver una rara mezcla de eternidad y desazón, unido esto a su atuendo deportivo a través del cual se adivina la jugosa madurez de un carnoso cuerpo de mujer ansiosa por el que muchos hombres podrían haber pasado ya.
La simple idea que acaba de escapársele por los ojos arrastra consigo un “¿Mándeme?” de lo más profundo de sus recuerdos infantiles, como el que escuchaba de su padre más de veinte años atrás, en reprimenda por cualquier mala palabra que los niños no tenían permitido usar por ser niños; pero esta vez la amonestación llega tarde y sin castigo. La mujer, contra todo pronóstico, contesta la mirada de Alejandro con otra de calibre similar. La situación entonces está pareja. No desvían las miradas. Alejandro controla su respiración para nivelar el rojo que se le ha subido al rostro. Ella entonces sonríe, entonces él sonríe, y por unos segundos un calorcillo de púberos les azuza los miembros.
Gábor se aproxima por el pasillo como uno de esos fantasmas de cuentos infantiles de oscuras ojeras y gruesas cadenas, caminando con pesadez haciendo sonar sus botellas de vino y latas de cerveza. Elvira agradece algo a un hombre de cabello oscuro, identifica a Gábor y le pide apresurar el paso con un arqueo de la ceja derecha a lo que él responde frunciendo los labios resecos, sin andar más rápido. Al fin llega y mientras Elvira pregunta si prefiere sentarse junto a la ventanilla él se deja caer sobre el asiento junto al del cabello oscuro, un joven que no parece mayor de veintisiete, no es húngaro, tez morena pero no gitano, hispano tal vez. Análisis de cinco segundos durante el recuento del número de bebidas que ha comprado; cambio de tema. O sería mejor decir cambio de estrategia, pues una vez bien acomodado comienza un monólogo ininteligible para todos los presentes, varios de los cuales se sobresaltan ante tanta palabra entrecortada por espasmos de tos alargados, sin percibir que son meras exageraciones cuyo objetivo es acaparar la atención de Elvira.
Alejandro finge leer, está encandilado por las miradas y sonrisas que recibe de sesgo. Ella responde a cada balbuceo del marido con un diálogo aburrido y teatral plagado de esos vocablos húngaros -igen, nem, persze, tényleg, holnap, kemény, durva, csodálatos, furcsa*- infaltables en las charlas de briagos que tanto confortan a los trabajadores de overol antes y después de la jornada laboral. Como veterana actriz prosigue en su papel de abnegada esposa mientras, por otro lado, decide iniciar un romancillo aprovechando lo mejor posible el flujo enervante que la recorre y las limitadas posturas que puede adoptar entre el montón de pasajeros, equipajes y un esposo como vuelto de ultratumba. El moreno lo vale.
Es como una sensación nueva, un hombre mirándola con malicia y dulzura al mismo tiempo, casi impertinente sentado ahí a la derecha de su marido; un hombre mucho más joven que ella al cual puede mostrar su mano izquierda deslizándose despacio desde la rodilla hacia el vientre, sobre la entrepierna, detenerse en abrupto, fingir ante el consorte que acomoda la blusa cuando en realidad estira el escote para dejar ver al extraño dos centímetros más de su piel dorada de experiencia y recuerdo más un perfecto lunarcito café justo donde comienza la primera línea de su seno izquierdo.
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* Traducción aproximada de los vocablos húngaros: sí, no, por supuesto, en verdad, mañana, pesado/firme, crudo/áspero/ofensivo, maravilloso/admirable/prodigioso, raro/bizarro/grotesco.
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