lunes, 30 de noviembre de 2009

Sueñoraciononada pasa aquí no

Espero que no sea muy confuso este pequeño ensayo personal. Escribía sobre un tema importante, al menos para mí, todo como venía a la cabeza, luego de varias, muchas noches, de mal sueño...


Sueñoraciononada pasa aquí no
Waldo


Ahora soy egoísta, no quisiera; ya no lo puedo evitar.
No quiero ya soñar nada en este mundo,
ni hacer planes con ilusiones sin fondo.
Recostado, con los ojos cerrados, intentando no dormir porque de cualquier forma lleva mucho tiempo sin conciliar el sueño. Una vez se encontraba comiendo en la casa rojiblanca de Felipe, un Felipe al que no conoce en persona, del que su hermana hablaba mucho pues recibía llamadas de él casi todos los días, y ramos de rosas color sangre turbia el catorce de febrero de aquel año. Comía como le gusta, usando las manos, sin temor a las bacterias microscópicas -ni siquiera a esas medio amarillas de aspecto asqueroso con cuerpo de cacahuate y largos pelos creciendo en todas direcciones- mientras Felipe servía la mesa con tanta amabilidad y en total silencio, con la sonrisa tonta del enamorado irremediable que intenta ganarse a la familia. Él en la misma penosa situación fuera de esta piñata que a palos se abre dejando caer tejocotes moteados, mal escogidos, duros y sin sabor; lo que importa es el detalle. Y de pronto llega Julián gritando “¡No jodas compa! ¿Qué haces? Ella es una
maravillosa a pesar de todo,
pero en definitiva no soñaré a nadie en este mundo;
las ilusiones como motivación y punto,
los pies en la tierra.
Y oraré todas las noches, pensaré
cabrona, eso es, una pinche cabrona”. Pensarlo no ofende. Sí, sí ofende por todo lo que alguna vez sintió por ella. Pero ella no sabe que él lo ha pensado. Entonces no ofende. En otra posición debajo de la pesada colcha, encogido sobre su costado derecho, vigilando el soporte de la lámpara colgante, porque ahí se esconde un raro insecto que nunca había visto, de varios tonos de ocre y negro abdomen, capaz de mantenerse suspendido en el aire como un colibrí; le provoca miedo, aunque podría tratarse de un hada como las compañeritas del fauno en aquélla película, y en ese caso su miedo sería infundado. Pero pensarlo provoca esa quemazón insoportable en el pecho. Entonces sí ofende. No puede desearle nada como ser engañada por un hombre casado, o ser abandonada al poco tiempo de haber contraído matrimonio, o que se quede sola el resto de su vida por ser una desgraciada mentirosa y sin corazón. No puede. Orar
todas las noches…
Quisiera ofrecer el fruto de mis éxitos,
mas no puedo, no los tengo,
antes debo acallar los malos sentimientos,
luego pedir el bien para otros,
aprender a controlar mis emociones porque
cierto día se le apareció un ángel. Era la única carita bella con su propio halo dorado y no falseado por mechones de colorante o brillosos cosméticos colores, precioso resplandor entre humo de cigarrillos, varias cuasi pirujas mecánicas dispuestas a menear el culo para cualquier gandul en chaqueta de piel o aspecto forastero, y decenas de chiquillas pálidas de piel, pálidas de ideas, pálidas de sentimientos. No todas, no todas desde luego, no las conoce a todas. La única carita bella, soñando como siempre cuando soñar de verdad no cuesta nada y es mejor, no endurecida por el abandono, los desengaños, los pequeñitos que por desgracia se van sin haber venido y llevándose hasta las lágrimas de uno. Desorientado, busca el teléfono celular, son las. Sí, sí son. ¿Qué estará pensando ella en este momento? ¿Con quién duerme? Golpes de viento en las ventanas de mil novecientos cincuenta y tantos, cruje la casa, los vecinos parecen matarse allá, tres pisos abajo sobre la acera, gritos, el bote de basura quebrándose. Puede casi ver lo que sucede sin moverse de la cama. Se escucha una sirena, alguien ha llamado a la policía. Pero la patrulla nunca llega a la escena. Costumbre que arrulla, gusto por las casonas viejas, se está bien en una habitación enorme, agua caliente, cocina, calefacción renovada, renta adecuada. Deliciosos postres, un poco gordo otra vez. Felipe se ha ido con su tonta sonrisa y
también quiero recobrar la paciencia,
usar la inteligencia, esa que se supone tengo,
eliminar los malos sentimientos, los malos pensamientos,
de aquí, y de aquí,
para poder transmitir esta luz
que entra por la ventana confirmando que aún es de madrugada y sin embargo todo es tan claro ya. La desmemoriada. Una noche le sonreía, toda coqueta ella con minifalda a cuadros en tonos oscuros, medias ribeteadas con flores negras, justo allí en el lado opuesto de la parada del tranvía,  y a la mañana siguiente no le reconoció, y mira que casi ha chocado con él mientras se ejercitaba trotando por la acera sobre el lado correcto de la parada del tranvía. No la verá de nuevo, ergo, no importa. Todas son iguales. Bueno no, no todas, no las conoce a todas. Pero no es cosa de ver al médico, precioso, tu corazón te duele porque está roto, corazón, te lo rompieron mi vida, por eso te sientes así,
tú todo lo conoces, aún lo que no quiero decir,
todo eso de lo que desearía quejarme ahora,
pero eso no es sino prolongar esta sensación de agonía.
Yo que por años me atreví a dar consejos,
cuántos meses y no puedo tomar una decisión clara,
se presenta en el momento más inadecuado, revolotea sobre todas las cosas, analiza con sus ojos profundos. ¿No es linda? Tal vez, pero ahora lo importante es sacarle de aquí, y ha trazado el plan menos original: hacerle salir encendiendo la luz, luego apagarla y encender la de la sala. Con lo poco que le gusta planear. Lo dejará para mañana, como todo, como todo, como todo. Y Julián no termina el comentario; en esas sus palabras amuralladas por sonrisas maliciosas están los sellos para el plan perfecto. Pero Julián, el bruto de Julián, o el buen amigo y compadre Julián, ninguno de los dos. Aún no son las. Esas noches tanto la deseaba, le recuerda desnudándose, le recuerda en la bañera, le recuerda vistiéndose, siente su aroma incomparable cuando se pasea de la habitación a la cocina, luego al baño, luego a la cocina, enciende la radio, luego a la sala, el radio aburre y enciende la televisión, y ocurre una erección. Se sonroja. En realidad no se sonroja, la conoce bien, le encanta, pero se odia a sí mismo en cuestión de. ¿Qué hora es? Ojos bien abiertos. La izquierda sobre el pecho en inútil gesto pretende arrancar algo y por supuesto no arranca nada. Se odia. No quiere excitarse por esa mujer. Extraviarse; piensa en el posible coleóptero. Y ella quizá apenas está regresando a casa, despidiéndose de ese alguien
que le de la tranquilidad que tanto necesita,
o al menos creo yo que la necesita,
tanto como el cariño de su familia muy a pesar de las circunstancias,
pues todos merecen esa, llamémosle,
segunda oportunidad.
De seguir así, del tingo al tango, sin cumplir una sola meta y, por si fuera poco, quedando todo el tiempo como el tapete en que todos se limpian las culpas, los rencores, los anhelos, las dudas y hasta la mierda que se cargan en el alma. Pobre de Felipe. Todo el corazón, el tiempo y el dinero invertidos para conseguir nada, nada, nada. Problema identificado: ha intentado conseguir algo, cuando un buen cristiano debería siempre pensar nada más en dar sin recibir nada a cambio. Porque nada, nada, nada debe nadie esperar de nadie. No de una hermana cabrona. Pero su hermana no es cabrona porque sí lo habló todo claro, no intentó nada. No intentó, ¡no intentó! Simplemente dijo no. Mucho menos de una mujer sabelotodo y ¿cómo se dice? Como los menos dieciocho grados del congelador –o más– y llámale nevera como en España si quieres. Prefiere y no, estar con el angelito aquel. No es posible, los demonios, los insectos, las hadas. Ahora él también se enfría. ¿Soy un demonio? No, sólo egoísta. No debería importarle nada. Trabajo y dinero, trabajo y dinero. Llegar temprano al trabajo, ahorrar la mayor cantidad posible de dinero. Experiencia para presumir en el currículo, dinero para volverse a su país, y del país al carajo. Si alguien toma el riesgo y se aventura con él, bienvenida. El angelito va a sufrir mientras tanto. El angelito habría dicho “Espera, piénsalo mejor, y si aún me amas vienes por mí”. No fue justo, ni era necesario.
Ya no dejar todo a medias, como siempre,
retomar el camino,
aunque suene trillado decirlo así,
y poco a poco afianzarme,
ser un mejor hombre, tener algo sólido para ofrecer,
pues esas noches en compañía de tal ángel bien vale la pena multiplicarlas por miles, por millones, encontrar un puntito, unirlo a otro puntito, cada puntito un detalle, de té de limón con limón para remojar las pastitas de chocolate, untado todo el espíritu con lustrosa miel artesanal, ella sentada arribita arribita, uno y dos, sonidos estrafalarios, cada detalle un puntito, alejándonos como en las diapositivas de la inmensidad del universo expandiéndose mientras nosotros, remedos malogrados de sanas hormigas laboriosas, nos preocupamos por el estado del tiempo, por los dineros extraviados o mal habidos, por esas bacterias amarillas de fiesta en fiesta codeándose con los recién llegados virus malignos saltarines de mano en mano, de boca en boca una mentira sobre otra. Millones de años y no entendemos nada. Él allí recostado, disfrutando, sufriendo, embelesado por ese cabello largo oscuro y facciones de tremenda belleza nocturna, como la luna velada por nubecillas preconizando un invierno atribulado de tanto qué sé yo lo que nos depara. Ahora sí es muy de madrugada y no ha dormido lo suficiente. Felipe no ha vuelto, ni ha llamado; tú no has hecho nada malo. A Julián lo verá mañana; no culpes a nadie y cambia esa cara. El extraño insecto ya no revolotea, quizá encontró la salida; acepta los hechos, perdónate y sonríe siempre.
Por eso a tu manera, como tú decidas, cuida a su familia,
así como has cuidado la mía, y dales paz a todos,
es todo lo que pido, sólo pido para ellos.
De mi vida me encargo yo.


Amén.

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