viernes, 8 de enero de 2010

Con J, pero no jodido...

Con J, pero no jodido...
Waldo


I

Dando y dando de vueltas sin ton ni son llegó a la parada de un tranvía que jamás había visto a pesar que era igual a todos, en una zona de la ciudad que parecía un páramo desolador impreso sobre un muro invisible, y bajo una noche que incluso a su músculo cardiaco le parecía invernal por más que su mente jugara a que todo está en la mente -en suma, mayateando, como diría la abuela Josefina. Así se encontraba el Cuki luego de aquella noche de abluciones imposibles con cervezas eslovacas. Había estado intentando por un lapso de cinco horas remojar el alma en tarros de medio litro pensando que con eso desprendería de ella la viscosa sensación de ser una estampita más en el álbum privado de una coleccionista de pasiones irrelevantes. Y lo habría logrado, pues en la que pareció ser la última ronda pudo ver como de su mano izquierda comenzaba a escurrir algo parecido a la miel, mientras cierto desenfado frenaba un poco el flujo etílico hacia sus neuronas; pero justo en el momento en que iba a desprenderse la primera gota, una figura por alguna extraña razón conocida, se interpuso entre la rara visión y su mirada extática.

          -¿Y por qué me abrazas? ¿Te gusto, o ya estás muy borracho?- preguntó la chica.
          -No, es que- balbuceó el Cuki -no me gusta el lugar. Mejor nos vamos.
          -¿Entonces vienes a mi casa?

          La pregunta despertó en él algo parecido a la felicidad, quizá porque era un aliciente para el orgullo herido, que encajaba en su desbarajuste sináptico plagado de túneles floreados por la esperanza y rincones enmohecidos por la desilusión, mismo que a la vez le provocaba tirones en la nuca desde el veinte de Agosto. Luego, habiendo atravesado cuarenta y tantas lagunas, un condón que había dejado en el marco de la ventana al alejarse del departamento de ella, completaba el círculo de sus desvaríos. No había sido necesario usarlo ya que su ebriedad, contrario a lo que podría esperarse, no estimuló la relajación sexual, sino que sacó a flote viejas mandas, consejos y regañizas provenientes de distintos seres y épocas, en torno al tema de la lujuria, y sin proponérselo controló la producción de testosterona y adrenalina. La chica, por su parte, con el recurso bucal, más controlable dada su propia borrachera, intentó por espacio de tres horas habilitar ese miembro reticente; no obstante, todo esfuerzo fue en vano. A las cuatro de la mañana estaban ambos de pie en la puerta despidiéndose de mala gana, habiendo confirmado para sí mismos, pocos minutos antes, las feas sospechas de que ella tenía una cintura de morsa vieja, y él un par de cuencos en vez de nalgas.

          Entró al segundo de los tres carros como intentando escapar desapercibido de cientos de miradas escrutadoras que en total eran la suya extraviada, y al tomar asiento se sumergió indolente en la amargura de las penas curadas con amores ocasionales; se reía de todos los besos, de todas las caricias, de su tufo, de la flacidez de su propio abdomen. Fue aquí cuando por vez primera le vino la palabrita a la cabeza. “¡Baross tér!” advirtió enérgicamente el conductor a través de los altavoces, para que ningún trasnochado considerara la posibilidad de esperar el amanecer en el interior del tranvía.

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