martes, 22 de septiembre de 2009

Elena Flores, El Mar

El mar inundaba sus sentidos, esa brisa salada que tocaba su rostro, sus pies enterrados en la arena, el sonido de las olas, el calor húmedo de aquella ciudad, aquella luna brillando sobre el agua. Detrás de ella las cosas eran diferentes, el sonido de la música de moda y los gritos y risas de la gente que bailaba en aquella pista de baile encima de la arena, la vista de gente bailando, amigos, conocidos, amantes ocasionales.



Ella misma pertenecía a ese mundo y al mismo tiempo se sentía ajena, sabía que su tiempo ahí era corto, su familia y amigos no se encontraban ahí, pero estaban los nuevos amigos que se convertían en familia. Sonreía a ellos, observaba como bailaban, como coqueteaban con aquel extranjero que buscaba la aventura de una noche, como al bailar, la danza se convertía en una invitación al sexo, como buscando llenar esa soledad que había llegado cuando decidieron mudarse a una ciudad extraña.


Se veía a sí misma moviéndose en la pista de baile, cantando y bailando al mismo ritmo de los demás, mientras aquel extranjero intentaba conquistarla con palabras en un dulce Italiano. Dentro de ella recordaba aquel rostro, de un hombre al que había querido y había roto su corazón, ya que después de varios años llevaba clavado en la mente y en el corazón.


Tal vez aceptaría un beso o dos, tal vez aceptaría compartir su cama solo por esa noche, para mitigar el dolor de su corazón y llenar la soledad, mañana serían dos extraños no se volverían a ver, tal vez recordarían esa noche, tal vez harían como si nada hubiera pasado.


El mar inundaba sus sentidos, esa brisa salada que tocaba su rostro, sus pies enterrados en la arena, el sonido de las olas, el calor húmedo de aquella ciudad, aquel sol que asomaba en el horizonte anunciando un día más.

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