Sí, lo siento
Waldo
Lo siento, ¡por supuesto que lo siento! No te ofrezco una disculpa, aunque así todo el mundo lo interprete, sino al niño que resbaló en el lodo salpicando una falda blanca, al joven que desea decirte tantas cosas, y tocarte, y acariciarte, y cansarte de besos, si acaso esto es posible. Te doy al hombre cuya alma -espíritu, esperanza, pasión, y todos esos términos que se refieren al incomprendido mundo interior de cualquier individuo- está enganchada irremediablemente a cada uno de tus gestos, como el salmón en su brutal desenlace arrastra en cada una de sus escamas la primavera.
No vengo a decir lo siento lleno de vergüenza, intimidado por amarguras y desencantos que aún no discutimos; vengo a afirmar “Sí, lo siento”, siento tu cansancio, el peso de tu desesperación mordiéndome la mente, la pizca de desesperanza tratando de hender tu voluntad, cada lágrima tuya golpeteando mi orgullo. “Sí, lo siento”, cada mañana de ayuno ganándote la vida, tus combates silenciosos contra la estupidez humana, tu inteligencia desbordando las pequeñeces de un mundo minuto a minuto más frío. “Sí, lo siento”, tus manos blancas, tan excitantes como tiernas, la cercanía de tus piernas suculentas revolviendo esas sabanas, el aroma de tu deseo atrapándome entre tu cuello y tu barbilla.
Plenamente. Contigo no hay otra forma. Nadie puede ser tan afortunado. Lo siento plenamente. Y al despertar hay un espacio a mi lado, siempre, y mis cabellos están mecidos, mi espalda arañada, mis muslos tensos… Me tienes, me usas con tanto cariño, con tanto frenesí, me agobias de gestos, muchas veces con feliz encono. Me despierto sin ti, y te llevo conmigo.
“Sí, lo siento”, lo siento mucho amor, hoy he llegado tarde a casa.
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